
Manuel Talero terminó de rodillas, con la cara pegada al suelo, cuando la tierra se sacudió en el sector Caribe de La Guaira. Al reaccionar, se dio cuenta de que una columna de concreto le aplastaba la cabeza y los hombros. Aunque estaba paralizado por el susto, logró apartar la arena con las manos para comprobar que su cuerpo le respondía.
Con un esfuerzo desesperado, se zafó de la estructura que lo retenía para avanzar entre el polvo hasta la rampa del primer piso. Al mirar hacia arriba entendió la magnitud del desastre: los once pisos del edificio Roca Park se habían convertido en apenas dos. El bloque no había colapsado de forma vertical, sino de lado, dejando pequeños espacios vacíos entre el desastre.
Movido por la angustia, Manuel regresó a las ruinas a buscar a los suyos. En la azotea divisó a su hija; poco después salió su hijo, cubierto de sangre. Sin embargo, en el cuarto piso donde vivía, la estructura no dejó margen de escape para su esposa, quien se duchaba para salir a comprar el pan cuando las placas superiores se desplomaron.
En cuestión de minutos, Manuel se quedó sin hogar, sin empleo y sin su compañera de vida. “Para mí fue una muerte inmediata”, dijo a El Pitazo este 26 de junio.
Este drama familiar formó parte del caos generalizado provocado por los dos terremotos que azotaron al litoral central venezolano el 24 de junio.
La violencia del doble sismo colapsó los sistemas de telecomunicaciones, incomunicó sectores enteros y generó una profunda incertidumbre que mantuvo a decenas de ciudadanos, entre ellos al propio Manuel, dentro de las listas de desaparecidos durante 24 horas.
En las calles, la destrucción de las vías principales impidió el paso de ambulancias, limitando la respuesta inicial a patrullajes policiales para contener saqueos en los comercios destruidos y dejando el rescate primario en manos de los propios sobrevivientes.
A las cinco y media de la mañana del día siguiente, el panorama en las avenidas principales seguía siendo desolador. Las familias intentaban remover bloques de concreto por sus propios medios en busca de sobrevivientes, mientras los heridos debían ser trasladados en vehículos particulares o caminando largas distancias ante el colapso total del transporte de emergencia.
Los comercios destrozados quedaron expuestos, custodiados únicamente por piquetes de seguridad en medio de un silencio absoluto interrumpido por los lamentos de los vecinos.
Manuel pasó la madrugada posterior caminando hacia el hospital para asegurar la atención médica de sus hijos, a quienes luego trasladó a una zona alta de La Guaira donde el impacto de los sismos fue menor.
A pocos kilómetros de la tragedia de Manuel, el mar fue una amenaza para Carla Valdespino. Ella había viajado desde los Valles del Tuy, en Miranda, para celebrar su cumpleaños número 46 junto a su madre, su hermana y dos primas.
A las seis y cinco de la tarde, el terremoto las sorprendió a orilla de la playa. “Justo en ese momento estábamos hablando de las bondades de Dios. De pronto comenzó a temblar y tratamos de mantener la calma, pero mi mamá se tambaleó y caímos de rodillas las cinco”, relató Carla a El Pitazo.
En segundos, la naturaleza cambió las condiciones del balneario. “Sentí cómo la arena nos estaba arrastrando hacia adentro y el mar se recogió detrás de las piedras”, recordó. En ese instante, el grupo quedó atrapado en la orilla, mientras una roca de gran tamaño amenazaba con sepultarlo.
La fuerza para escapar provino de una reacción espiritual en medio del colapso del entorno playero. “Clamamos a Dios y le pedimos fuerza para salir. Las churuatas volaban por el viento y por un momento nos perdimos de vista la una a la otra”, detalló.
Agarrándose de la fe, Carla cargó a su madre, adulta mayor, y el grupo logró avanzar en medio de la confusión: “Dios hizo la obra y llegamos a la orilla caminando por la Gloria de Dios. Vimos los edificios cayéndose y las piedras abriéndose, fue desesperante”. El oleaje terminó de arrastrar el mobiliario playero mientras ellas cruzaban hacia la avenida principal.
Al llegar a la carretera, el panorama confirmó el colapso de la infraestructura local. Las estructuras de la Gran Misión Vivienda en la zona costera se habían venido abajo. El conjunto residencial Sol Marino Palace, donde Carla se estaba hospedando, también sufrió severos daños en el primer y segundo piso. Su vehículo quedó sepultado por los escombros.

Al igual que en el edificio Roca Park, la fatalidad dejó sus secuelas: siete personas quedaron atrapadas en esa edificación sin que los vecinos pudieran hacer nada para liberarlas.
Sin señal telefónica para reportar que estaban a salvo, el nombre de Carla también quedó registrado en las listas de búsqueda hasta que lograron salir de la zona de desastre.
Para ella, su supervivencia tiene unan sola explicación: “estamos vivas gracias al poder de la oración, es un regalo de la vida. Volvimos a nacer gracias a la fe”.
Catia La Mar / El Pitazo


