
A sus 75 años de edad, Gerardo Morales conoce de sobra la implacable fuerza de la naturaleza: el septuagenario y su esposa, María Jesús Salas, de 72 años, sobrevivieron a los terremotos del 24 de junio en La Guaira y también fueron testigos del deslave ocurrido en el año 99.
Con el apoyo de su familia, ambos lograron salir del sector Blanquita de Pérez, en la parroquia Caraballeda, tres días después del doblete sísmico, cuando viajaron hasta Anaco, estado Anzoátegui, donde fueron acogidos por unos parientes hace un mes.

Su vivienda quedó con algunas grietas, pero no se destruyó. No obstante, desean mantenerse alejados de esa zona que han querido tanto y en la que construyeron una vida juntos desde hace 50 años porque los recuerdos del alud de lodo se juntaron con los momentos imborrables del rugido de la tierra robando la tranquilidad que soñaban tener en su vejez.
"Estaba viendo un juego del Mundial de Fútbol cuando sentí el movimiento y mi hijo me dijo que estaba temblando.
Después que arreció yo ví desde la ventana de la sala cómo los edificios empezaron a caerse y lo que hice fue abrazar a mi hijo. Lo único que pensé es que uno queda a la voluntad de Dios y que venga lo que tenga que venir", relata el hombre, que se cimbra en su asiento, como estremecido por el recuerdo que le corta la respiración y le hace derramar lágrimas.
Morales cuenta que tras quedar sin servicios básicos y sintiendo réplicas constantes de los terremotos, él decidió que tenían que salir del Litoral.
"El terremoto fue tan fuerte que quitó la luz, quitó el agua, quitó el internet. Quedamos sin servicios, aunque sí nos llegaron alimentos que llevó la gobernación, pero no podíamos ni comer. Con esas réplicas a cada rato estábamos aterrorizados porque nunca habíamos vivido un terremoto de esa magnitud, yo sentí que mi casa la torcían de lado y lado. Entonces le dije a mi esposa: tenemos que irnos. Ahora ella está renuente y no quiere volver", relata.
Para llegar hasta la ciudad gasífera, la pareja contó con el apoyo de sus familiares, quienes elaboraron un itinerario que se inició con una primera parada en Macuto.
"Mis hijos nos sacaron de allá en moto. Salimos guindando con maleta y todo porque no había paso. Llegamos a una parte de Macuto que no se estropeó y de allí nos fuimos en un autobús hasta Gato Negro, en Caracas. Ahí nos recogió el taxi que mandó la familia de mi esposa y gracias a Dios nos trajo hasta aquí", cuenta con un acento que devela su origen andino para referirse a su estadía en el urbanismo Las Victorias de Chávez.
Mientras Morales narra lo que vivió hace poco más de un mes, inevitablemente lo asaltan otros recuerdos: aquellos días de diciembre del año 99, cuando las torrenciales lluvias y los aludes de barro y piedra que bajaron del cerro El Ávila causaron estragos dejando miles de desaparecidos y damnificados en Vargas.
En cuestión de segundos su memoria lo sitúa en una escena inolvidable que actúa como detonante de un estallido emocional que, según dice momentos después, le resulta terapéutico, mientras agradece la oportunidad de hablar de esa cruda experiencia.
"Mi esposa y mis hijos salieron en helicóptero, pero yo no quise, yo me quedé. Les dije: Váyanse y después me llaman y me dicen dónde están. Eso era difícil porque no sabíamos a dónde iban las familias, pero la fe en Dios vale mucho. Ellos se fueron y después a mí me entrevistaron para la televisión. Eso fue en los campos de golf donde había un gentío porque no tenían a dónde llevarnos. Una amiga me vió en las noticias y se puso en contacto con mi esposa. Se alegraron al saber que estaba vivo y después nos reencontramos", explica.
Morales, que en ese momento tenía 48 años, logró salir de su casa y se quedó con un hermano en la capital, pero su familia fue a buscarlo con una persona que les ofreció vivir en la segunda planta de una casa ubicada en Caricuao, donde permanecieron 13 años.
"Yo no había querido ver nada de cuando limpiaron lo del deslave y de cuando abrieron las carreteras. Después de un tiempo volví a la casa y ví que todo estaba en su sitio. Los vecinos siempre estaban pendientes. Entonces decidí construir otro piso y después de 13 años llegamos a inaugurar esa casita", cuenta sonriendo.
A Morales lo invade un enorme sentimiento de nostalgia al hablar de la vivienda que levantó con sus propias manos y en la que crecieron sus tres hijos: dos varones y una hembra. Aunque no tiene apego material, admite que es duro tener que dejar su hogar.
"Es difícil dejar todo. Un recuerdo grande, una casa, mis hijos, las comodidades, porque uno va haciendo una plaquita, una columnita, una sala, una cocina. Uno va arreglando, acomodando. Llega el momento en que vivimos para esa comodidad, para vivir de la jubilación, pero yo salí sin real después de 29 años de trabajo y hasta las prestaciones las perdí. Salí jubilado en el 2006 y ahora sólo tengo una pensión de 130 bolívares", dice con un dejo de tristeza resumiendo casi tres décadas de servicio que se iniciaron como obrero en la administración pública y terminaron en un retiro que dista mucho de garantizar la solvencia económica que esperaba.
Enfatiza que su compañera de vida está aquejada por una escoliosis que le dificulta entrar y salir de su vivienda en Caraballeda porque "está cerquita del cerro El Ávila" y hay que subir unas escaleras para llegar.
"Ella hace un tiempo quería venirse, pero yo le dije que teníamos que hacer todo bien. Teníamos que vender allá, pero ahora esas casas se fueron a locha y todo cambió", lamenta.
Tras haber sobrevivido a dos catástrofes que cobraron miles de vidas, la pareja de adultos mayores no quiere exponerse más. "La Guaira para nosotros es muy querida, pero ya son dos tragedias naturales. No queremos correr más riesgos. Mi esposa va pa' arriba y pa' abajo conmigo y en el barrio siempre me decían 'suéltela', pero si ese es mi llaverito de 50 años ¿por qué la voy a soltar?, dice en tono jocoso.
Sobre su estadía en territorio anaquense Morales no oculta su alegría y su agradecimiento por el trato recibido y los gestos de solidaridad de parientes y desconocidos.
"Me han tratado muy bien. No soy oriental, pero me siento orgulloso de los orientales. Aquí ha venido mucha gente: de la alcaldía, de la gobernación, grupos de voluntarios, hasta psicólogos. La familia de mi esposa nos ha recibido bien y nos tienen aquí hasta que Dios quiera", comenta consciente de que seguirán requiriendo ayuda, pero seguro de que ese auxilio llegará, según se cumpla la voluntad divina.
No titubeó para contar su historia, para compartir este relato que lo remontó a la época en la que levantó las primeras columnas de su casa haciendo un recorrido mental por cada rincón de su hogar para constatar que los fuertes sismos agrietaron el concreto, pero nunca debilitaron su fe.
Por eso su plan en Anaco está trazado: "tener una casa aquí y con el favor de Dios lo lograré porque sé que para Él no hay imposibles", responde con confianza mientras mira hacia el cielo con la esperanza de dejar atrás los días grises.
Anaco / Danela Luces


