
En Venezuela hay madres que han tenido que aprender a vivir con la ausencia como si fuera una rutina. Madres que no esperan celebraciones ni fechas especiales: esperan justicia, respuestas, un abrazo que les fue arrebatado.
Para estas mujeres, este segundo domingo de mayo, Día de las Madres, no es un día de homenajes, sino un recordatorio de lo que falta. La silla vacía en la mesa, la llamada que no llega, la visita cronometrada con un vidrio como testigo, el silencio de las instituciones.
Es un día que duele más que otros porque expone la herida que cargan desde que sus hijos fueron detenidos, desaparecidos, forzados a migrar, o murieron bajo custodia del Estado.
"No es lo mismo verlo por un teléfono que tenerlo a un lado. Las madres venezolanas hemos sufrido mucho"
Leonides Zambrano
Entre esas madres está Carmen Teresa Navas, cuyo testimonio resume la resistencia silenciosa de miles. A sus 81 años, después de más de un año y cuatro meses de búsqueda, recibió la noticia que ninguna madre quiere escuchar: su hijo Víctor Hugo Quero está muerto.
Nadie le dio una explicación. Nadie tuvo la humanidad de avisarle antes. Lo supo nueve meses después del fallecimiento y tres días antes del Día de las Madres.
Su calvario comenzó en enero de 2025, cuando Víctor fue detenido en Caracas por funcionarios de la Dirección de Contra Inteligencia Militar (Dgcim). Desde entonces, la vida de esta madre quedó suspendida en un laberinto de pasillos públicos donde la respuesta era siempre la misma: «Aquí no está; no sabemos nada».
Aunque su salud se deterioraba con los meses, su esperanza permanecía intacta en la búsqueda de una fe de vida; sin embargo, lo que recibió fue una verdad tardía y demoledora. Su hijo murió bajo custodia el 24 de julio de 2025 a causa de una insuficiencia respiratoria aguda, tras haber pasado nueve días hospitalizado en el hospital militar Dr. Carlos Arvelo con un cuadro de hemorragia digestiva y fiebre.
La crueldad del sistema alcanzó su punto máximo el 30 de julio de ese año: Víctor Hugo fue inhumado en solitario, sin que a su madre se le permitiera darle el último adiós o conocer, en ese momento, que su búsqueda ya no tenía destino.
Este Día de las Madres, mientras otros celebran, Carmen Teresa llora. Llora por su hijo, por los meses de incertidumbre, por la indiferencia del Estado. Pero incluso en su dolor, sigue siendo símbolo de algo más grande: la fuerza de una madre que no se rinde, que exige verdad y que merece justicia.

Una lucha frente a las rejas
Mientras Carmen Teresa llora una pérdida definitiva, para Melba la batalla se libra frente a las rejas. Su hija está detenida en La Crisálida, en Los Teques, y su hijo en El Rodeo I, en Guatire, desde hace ocho meses, bajo acusaciones de terrorismo vinculadas al ‘caso Plaza Venezuela’.
Esta trama cobró relevancia cuando el ministro de Interior, Justicia y Paz, Diosdado Cabello, aseguró en agosto de 2025 que se había desmantelado una conspiración, presuntamente orquestada por la líder opositora María Corina Machado, para detonar explosivos en la capital.
Mientras esa narrativa política avanza en los despachos oficiales, Melba cumple 116 días de vigilia frente a El Rodeo en el estado Miranda. Su angustia es el rostro humano de un proceso judicial que califica de injusto. Al varón lo ve cada viernes, durante 25 minutos, a través de un vidrio, pero no ha podido abrazarlo; a la hembra solo dos veces desde la detención.
"Mis días son tristes, no veo felicidad en nada"
Luz Marina Arias
«Hemos hecho de todo para demostrar su inocencia, ya no sabemos qué más hacer. Implementaron una Ley de Amnistía y jugaron con nosotros, mis hijos no fueron incluidos», afirma afligida.
Aun así, Melba se sostiene. Dice que está con Dios, aunque reconoce que cada día es más duro. Sus hijos tratan de mostrarse fuertes para no preocuparla, pero ella sabe —lo intuye, lo siente— que allí adentro sufren: «Los torturan, los castigan con la comida y el agua».
Cada mañana se levanta con la misma esperanza: que ese día los liberen y se aferra a una certeza que repite como un mantra: «Esto es una pesadilla, y como las pesadillas vienen de un sueño, debemos despertar para salir de ella. Nos falta poco».
Pero la ausencia no solo viste uniforme de preso o luto; para miles de madres, la herida tiene forma de frontera. Leonides Zambrano se despidió de su único hijo, Javier, de 31 años, en agosto de 2024.
Él trabajó como testigo de mesa en el estado Miranda para una organización que respaldaba a Edmundo González Urrutia. Tras las elecciones, la presión y el temor a represalias lo obligaron a emigrar a Chile. Desde entonces, no ha podido volver, y su madre sabe que ese reencuentro no será posible mientras no haya un cambio político en el país.
A sus 62 años, Leonides vive sola desde que enviudó hace un año. Este Día de las Madres, lejos de celebraciones, enfrenta el peso de una ausencia que no se alivia con llamadas ni videollamadas. Su casa, antes llena de rutinas compartidas, se ha convertido en un espacio silencioso donde la distancia se siente en cada rincón.
Con la voz baja, confiesa que su mayor anhelo es volver a abrazar a Javier: «No es lo mismo verlo por un teléfono que tenerlo a un lado. Las madres venezolanas hemos sufrido mucho», dice.
Una doble tristeza
Esa misma parálisis del tiempo la vive Luz Marina Arias, aunque en su caso, la ausencia tiene una ubicación conocida pero lejana. Para ella el Día de la Madre dejó de ser una fecha de celebración desde 2022, cuando sus dos únicos hijos fueron detenidos y acusados de participar en una conspiración, junto con el Reino Unido, para derrocar a Nicolás Maduro.
La tristeza es parte de su día a día. Sus dos hijos fueron trasladados desde el estado Táchira, de donde son oriundos, hasta la cárcel el Rodeo I, en el estado Miranda, a 800 kilómetros de distancia.
Uno de ellos, Juan Nahir Zambrano, fue detenido bajo engaño. El joven, con autismo, había ingresado a la Guardia Nacional (GN) por influencia de un vecino, pero fue expulsado. Meses después, a través de redes sociales, le pidieron que se presentara para reincorporarse y, al hacerlo, fue detenido.
Tras cuatro años preso, Juan Nahir fue excarcelado, pero el tribunal le negó la amnistía y le prohibió salir de Caracas. Sin dinero para viajar, Luz Marina cumple dos años sin tocarlo. «Salió muy débil, con una tos prolongada y su autismo igual de fuerte. Tengo dos años que no lo abrazo», lamenta ella, separada de su hijo por un muro de trámites y pobreza.
Su otro hijo, Daniel Zambrano, fue detenido cuando esperaba su retiro formal de la GN. Encapuchados llegaron a su vivienda y se lo llevaron.
El sufrimiento de Luz Arias es infinito. «Mis días son tristes, no veo felicidad en nada», dice con voz entrecortada.

El abismo de la incertidumbre
Si la muerte es un cierre y la prisión una espera, la desaparición es un abismo que no permite descanso. Para Beatriz de Marino y Elizabeth Marqués, madre y esposa de Hugo Enrique Marino Salas, el Día de las Madres es una búsqueda que ya suma siete años de silencio absoluto.
Hugo, un experto en salvamento submarino dedicado a rescatar cajas negras y restos de naufragios que el océano pretendía ocultar, terminó desvaneciéndose en un vacío más profundo que el mar al aterrizar en Maiquetía el 20 de abril de 2019.
Irónicamente, solía decir sobre las familias que ayudaba: «Qué difícil debe ser no saber dónde está alguien». Hoy, esa frase es el mantra de su propia familia.
Desde Miami, Beatriz de Marino se aferra a una resistencia que no admite rendición: «La gente tiene miedo de hablar, pero no me puedo rendir. Se lo debo a mi hijo».
Su caso, registrado como desaparición forzada ante organismos internacionales, no tiene registro oficial en cárceles ni hospitales; solo existe un manto de incertidumbre y un silencio institucional que, como denuncian ONG como el Observatorio Venezolano de Prisiones es en sí mismo una forma de violencia.
"No sé nada de mi hijo; en la Fiscalía no me dicen nada. Estoy desesperada"
Yajaira García
El vacío que siente la familia de Hugo Marino desde hace siete años se repite con la misma crueldad en historias más recientes. Emily Delgado vive hoy esa misma desesperación por la desaparición de su hijo, Jorge Guanares, de quien no se tiene rastro desde la noche del 2 de agosto de 2024.
Jorge, un fotógrafo de 28 años y padre de dos niños, era un admirador público de figuras opositoras y participó activamente en las elecciones de julio; desde entonces, su hogar en Táchira quedó sumido en el silencio.
Tras 21 meses de una búsqueda incansable que ha llevado a Emily desde los Andes hasta Caracas, la respuesta de las instituciones ha sido la misma: indiferencia.
A pesar de haber recorrido el Cicpc, la Defensoría y el Ministerio Público, nadie le da razones. «Necesito una fe de vida, saber que está vivo. Esto no es vida, es una desesperación constante», confiesa Emily, quien incluso ha acudido a las puertas de la cárcel de El Rodeo I tras recibir rumores de que su hijo podría estar allí, sin que ninguna autoridad se lo confirme o desmienta.
A la angustia de Beatriz se suma la de Yajaira García, madre de Faustino Hermoso de 42 años. La última vez que se supo de él fue el pasado 29 de abril, cuando funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) lo interceptaron en una alcabala en Santa Teresa del Tuy, estado Miranda. Desde entonces, el silencio ha sido la única respuesta de las autoridades.
«No sé nada de mi hijo; en la Fiscalía no me dicen nada. Estoy desesperada», reclama Yajaira, cuya voz se une al coro de madres que han recorrido sedes policiales y tribunales sin éxito.
Al final del día, estas historias convergen en un mismo vacío. Ya sea frente a una tumba, una reja, una pantalla de celular o una carretera inalcanzable, estas madres representan a un país que hoy no tiene nada que festejar.
Sus relatos demuestran que, en Venezuela, la maternidad se ha transformado en una lucha donde el único regalo posible no son flores, sino la verdad, la justicia y el reencuentro.
Caracas / El Pitazo


