
Las carpas azules, símbolo del refugio en Vargas, están instaladas frente al estadio de béisbol César Nieves, en Catia La Mar, al oeste del estado. Allí, cientos de refugiados intentan retomar parte de sus rutinas después del doble terremoto, uno de 7,2 y el otro de 7,5, ocurrido el 24 de junio. No es una transición sencilla, en especial para los niños, niñas y adolescentes que perdieron sus hogares, familiares e incluso sus colegios.
Una mujer de rostro sereno, pañoleta roja y una franela con la imagen de Cristo coronado de espinas, dice sin vacilar: “Lo único que quiero hacer es dar clases”.
Es Jazmín Urimare Ramírez, una docente con 28 años de experiencia que se mantiene firme en su compromiso con la enseñanza. Su tiempo, vocación y energía, por encima incluso de su dolor físico, tienen un solo propósito: educar a niños y adolescentes. Perdió sus dos espacios vitales: su apartamento en el bloque 1 de la urbanización La Páez y su colegio, la U.E. Cruz Felipe Iriarte, en Mare Abajo. Ambas estructuras quedaron sepultadas tras el doble terremoto.
A este panorama se suma su condición de salud: es paciente oncológica y su doctora de cabecera falleció durante la tragedia. Su tratamiento —que suma cinco años de lucha contra el mieloma múltiple, un tipo de cáncer en la sangre que afecta las células plasmáticas de la médula ósea— quedó interrumpido.
“Si me preguntas del 1 al 10 cuánto me duele, te digo 15. Pero aquí estoy, lo aguanto de a poco hasta que vuelva a retomar mi tratamiento”, señala.
El día del terremoto, la profesora Urimare, como se le conoce en la escuelita, descansaba en la sala de su apartamento la tarde del 24 de junio, cuando la estructura comenzó a sacudirse. Las paredes se quebraron y el edificio quedó al borde del colapso. “Lo perdí todo: mi hogar y la escuela que era mi segunda casa”.
Su cuadro de salud requiere una atención especializada que hoy se tambalea tras el sismo. Con la pérdida de su hogar y el fallecimiento de su médica tratante en la tragedia, la docente ha tenido que recurrir a analgésicos comunes para intentar aplacar dolores óseos intensos. Ha atravesado varios ciclos de quimioterapia —un proceso que describe con serenidad como parte de una rutina de resistencia—, pero la falta de su esquema regular amenaza con agravar su estado. “A mí me tocaba el tratamiento el 25 de junio y el terremoto fue el 24. Para el 28 la doctora me iba a programar una nueva biopsia de médula, que es muy costosa”, relata.
Tras atenderse entre el Hospital Periférico de Pariata y el Centro Integral de Macuto, ahora está a la espera de ser evaluada por un nuevo especialista que determine cómo retomar su esquema médico. Pese al desgaste físico y la recomendación de descansar que recibe a diario por parte de sus colegas, rechaza detenerse. Para Jazmín, el aula improvisada no es un esfuerzo prescindible, sino el motor que la mantiene en pie. De no estar activa en la “escuela”, no duda en decir que se moriría “y yo no me quiero morir todavía. Quiero seguir luchando hasta que Dios diga. Mi fuerza me la da Dios, mis santos y los niños”.
Durante los primeros días en el campamento notó cómo los niños se acostaban de madrugada y permanecían expuestos a un tiempo de ocio sin contención. Para la maestra, la afectación emocional de los pequeños requería una intervención urgente guiada por la empatía.
“Estos niños están afectados psicológicamente. Hay muchos que han perdido a sus padres y eso los ha impactado mucho más. Hay que trabajar un poquito con el corazón, hay que trabajar con el amor”, agrega.

Es una escuela, pero también un refugio; un espacio de orden y estabilidad indispensable para el crecimiento sano de los niños. La iniciativa comenzó en una carpa unifamiliar dotada inicialmente con un televisor, mesas, sillas y cuadernos. Posteriormente, con el apoyo de líderes comunitarios, aportes de la comunidad e insumos institucionales —que incluyeron pizarras acrílicas, marcadores y ventiladores—, el proyecto cobró forma.
“Esto es para ti, para que trabajes. Mira, me dio como taquicardia, fue una emoción demasiado… Se me salieron las lágrimas, la abracé, le dije gracias”, recuerda sobre el inicio del proyecto, que luego sumó pizarras y el respaldo del Ministerio de Educación.
Actualmente, el espacio atiende a más de 60 niños inscritos en materias básicas como Matemática, Lengua y Lectura. Además, la iniciativa ha sumado a ocho docentes voluntarias; incluso se abrieron turnos en las tardes para la atención adaptada de niños dentro del espectro autista.
Jazmín comenzó a dar clases desde que tenía 27 años de edad, en otra Venezuela. Inició con alumnos de educación universitaria, luego con alumnos de bachillerato, y poco a poco transitó a la primaria. Para ella, la educación es el pilar fundamental de los países.

Entre la carencia de toldos y la incertidumbre del reasentamiento, la profesora Urimare no pierde el norte de su entrega pedagógica ni el arraigo por su tierra.
“A Vargas hay que construirla. Vargas tiene que volver a crecer y Vargas se va a construir. Yo tengo fe en que Vargas va a nacer de nuevo”, enfatiza.
Frente al tiempo que tomará la reconstrucción de las infraestructuras destruidas, la docente sostiene que este modelo de aulas provisionales debería multiplicarse en cada centro de acopio de la entidad: “En todos los refugios de nuestra Guaira debería de haber dos escuelas mínimo”.

Mantenerse en un aula en Venezuela implica confrontar una economía donde el salario base de un docente se redujo a cifras simbólicas. Ante un sueldo oficial que apenas alcanza para sobrevivir, la respuesta de Jazmín no pasa por la resignación sino por la exigencia y el oficio diario.
La profesora, como muchos maestros, también ha recurrido a manifestar contra los bajos salarios. Al momento de responder sobre las razones para no abandonar las aulas, su respuesta es tajante: “Por vocación. Por vocación, porque tenemos que hacer milagros”, dice.
Incluso cuando advierte a los jóvenes bachilleres sobre la realidad del gremio, son ellos quienes reafirman el deseo de enseñar. “Siempre les digo: piénselo tres veces porque somos mal pagados, ‘pero yo quiero ser docente’. Es vocación”.

Las carencias operativas persisten en el día a día. Al no contar con un espacio cerrado, el mobiliario corre el riesgo de deteriorarse por el clima, por lo que la docente coordina con los líderes comunitarios del refugio para que las familias resguarden el material en sus propios espacios.
“Bueno, por los momentos necesito toldos porque, con este tiempo, se me van a mojar las mesas y las sillas. Todo el mundo me dice que se van a dañar, pero ¿cómo hago si no tengo dónde guardarlas?”, dice.
A pesar del desgaste físico que implica el avance de su enfermedad y la incertidumbre sobre el reasentamiento de su propia familia, la profesora Urimare mantiene la estructura del aula comunitaria.
Madre de cuatro hijos —tres residenciadas en la entidad y uno en el exterior—, enfrenta la incomprensión cotidiana de quienes ven en su esfuerzo un desgaste innecesario frente a su salud. “Todos los días me dicen: ‘Mamá, estás loca, ¿cómo vas a publicar en las redes eso?'”, relata.
Su meta sigue fija en la reconstrucción del sistema escolar de la región y en el retorno de los niños a aulas permanentes: “Espero que se reconstruyan las escuelas para que estos niños vayan a las escuelas, porque en un refugio… no, es difícil. Y espero que pronto cada familia que perdió su casa tenga su hogar de nuevo”.

Caracas / Efecto Cocuyo


