
Isbeth de Pablo es madre de cuatro jóvenes y vivía en Catia La Mar con la única hembra, militar y casada con un funcionario de Bolipuertos que tenía su casa en la ciudad.
A 11 días del doble terremoto, cuenta con mucha aprehensión que se “salvaron de milagro”, porque la casa se les cayó y quedaron atrapados, golpeados y aterrorizados, en una especie de burbuja que hizo la escalera con un tanque que rodó de la planta alta de la vivienda.
Vecinos que los escucharon abrieron un hueco y los ayudaron a salir por una pared que les dejó un resquicio. Con ellos estaban otras tres personas: una vecina que estaba asistiendo a sesiones de quimioterapia y sus dos niñas, que salieron por otra pared hacia el estacionamiento.
En total eran ocho personas en la casa: ella y su esposo, su hija, su esposo y su pequeña, y las tres vecinas que estaban alojadas con ellos.
Cuando estuvieron otra vez al aire libre, el panorama no podía ser más estremecedor: edificios y casas caídas, gritos de socorro, incendios, explosiones y, sobre todo, un ambiente posapocalíptico difícil de digerir.
Su relato, como el de miles de venezolanos, cuenta las horas de terror que vivieron y que se niegan a recordar, y que los llevó con desespero a montarse en un vehículo que se salvó y enfilar hacia Carúpano, en el estado Sucre, a la calle 2 de Hato Romar IV, donde viven otros dos hijos con sus familias. “Mi hija perdió todo, mi esposo y yo vivíamos con ella”.

Salida
Recuerda del viaje que llegaron sorteando obstáculos y sufrieron un fuerte impacto cuando pudieron apreciar el estado de destrucción de la llamada “Zona 0”, donde están sectores como Playa Grande.
Debieron esperar a que los dejaran pasar por el viaducto Caracas–La Guaira, cerrado en sentido a la capital, para dar prioridad a los equipos de rescate y ayuda para los afectados.
No llegaron a pasar por refugios ni los trasladaron en autobuses dispuestos por el Estado; tampoco han sido censados ni visitados por voceros de entes oficiales locales.
Solo están a la espera de que la hija militar, sargento segundo de la Armada, reciba instrucciones, porque literalmente lo perdió todo y ahora residen tres familias en una pequeña casa en Hato Romar.
Su esposo, William Salazar, perdió a ocho parientes en la tragedia y aún hoy, teléfono en mano, sigue haciendo contactos para localizar a otros.
Isbeth de Pablo es madre de un pelotero firmado por las Grandes Ligas, quien estaba dispuesto a venir a Venezuela a ayudar, pero debieron decirle que se quedara tranquilo, porque pese al terror palpable que sienten todavía, preservaron lo más importante: la vida y la familia.
Sucre / Yumelys Díaz


