
A un mes del doble terremoto de 7,2 y 7,5, las exigencias de la población de Caracas y La Guaira, dos de los de las entidades más golpeadas el 24 de junio, siguen siendo las mismas: mayor atención gubernamental a los afectados.
No obstante, las muertes del estado costero sobrepasan con creces a lo contabilizado y aún no se tiene una cifra oficial de los cadáveres que permanecen bajo los escombros en condiciones de descomposición.
Según el último parte oficial, los cuerpos sin vida recuperados en todo el territorio rondan los 5 mil 400, las personas rescatadas, 6 mil 462 y los heridos 16 mil 740.
Pero en la ciudad capital el daño de edificios e infraestructura ocupa el primer lugar de prioridades. Los propios vecinos de las zonas de La Candelaria, San Bernardino, La Pastora, Antímano, San Martín, en el centro y el oeste se han abocado a realizar ellos mismos las reparaciones internas de las grietas de sus apartamentos, mientras siguen los llamados a las autoridades para que ayuden en el suministro de materiales y en los arreglos de mayor envergadura.
Con todo, el paisaje en la avenida Urdaneta -cerca de la Plaza La Candelaria, las sedes de distintos ministerios, el puente de las Fuerzas Armadas, las adyacencias de Miraflores ha cambiado con respecto a lo vivido y observado el 24 y 25 de junio.
Las calles libres de trozos de cemento, y, ahora, el friso restaurado y reacondicionado en muchos muros, más la vuelta a la cotidianidad de las personas, contrastaba largamente con la devastación ocurrida en La Guaira.
Lo que no había cambiado era el temor que aún se manifestaba en sobresaltos sobre todo en horas de la noche con algún sonido grave y fuerte o simplemente la vibración imprevista de algún vidrío de alguna habitación.

Los daños sufridos en el edificio Doraloy en La Candelaria, una estructura de nueve pisos, han sido manejadas por amigos y vecinos, pero requieren ayuda gubernamental.
Una de las principales tareas que si están haciendo autoridades, en particular la Comisión Presidencial asignada a las labores en la zona, es adherir calcomanías de colores dependiendo de la habitabilidad de las viviendas y residencias: Roja, cuando no es habitable, amarilla cuando se puede reparar, y verde cuando los residentes pueden retornar a su hogar sin ningún riesgo.
“Los daños del edificio Doraloy los estamos cubriendo todos los propietarios del edificio, ya que ningún ente gubernamental se ha presentado a ofrecernos ningún tipo de ayuda, aunque les corresponda. Cada vecino corre no solo con los gastos del apartamento, sino de las áreas comunes. Los pisos más dañados son del 5 hasta la PB”, relató un vecino a El Tiempo.
Otra edificación que sufrió daños fue El Rosario, mientras, en San Bernardino se desplomó completamente el Marama, en la calle Paraíso y El Moises.
En este sector murió el exconcejal Richar Peñalver, recordado por su participación en los sucesos del 11 de abril de 2002 y quien fue calificado como uno de los “pistoleros” que se apostaron cerca del Palacio de Miraflores. Estuvo preso cinco años y salió en libertad en 2007.
Otro de los aspectos que han cambiado en Caracas a un mes del doble terremoto es la cantidad de carpas de damnificados que generalmente se apostaron frente a edificaciones de Misión Vivienda, como en Los Chaguaramos, frente a la Universidad Central de Venezuela (UCV), San Martín, y la Avenida Fuerzas Armadas.
Muchas de estas personas que durmieron a la intemperie por varios días, fueron trasladadas a Campamentos Transitorios.
En total en todo el territorio existen 107 de este tipo de instalaciones, generalmente en escuelas públicas. Otras cuentan con carpas estilo militar, tanques de agua, plantas eléctricas, comedores y zonas de esparcimiento.
El defensor de Derechos Humanos y coordinador del Frente Norte de Caracas, Carlos Julio Rojas, ha realizado un recorrido intenso desde el día siguiente luego del doble terremoto ocurrido, uno de los peores, sino el peor de la historia del país.
“Hemos podido evaluar varias cosas. Uno, es el retraso en la instalación de los primeros refugios. Hubo que esperar 48 horas del terremoto para que se instalaran los primeros refugios. Se han localizado entre Caracas y Vargas, alrededor de 80. Están localizados en su gran mayoría en escuelas”.
Rojas señala a El Tiempo que entre los testimonios recogidos entre los damnificados es que las condiciones de los Campamentos “no son las mejores”.

“Tarda en llegar la comida, las condiciones dentro de los centros temporales son bastante difíciles. Incluso en el Nuevo Circo, que fue uno de los primeros, rebasó su capacidad y podías ver a damnificados que se salieron al segundo día y se ubicaron en carpas. Además, la llegada de la ayuda humanitaria pasa por demasiados filtros, no llegando directamente a los afectados. Entonces, la gente ha preferido, primero, otros centros”.
Incluso es posible ver el drama de salvaguardar sus bienes y pertenencias -neveras, cocinas, lavadoras-, que se encuentran en las edificaciones que no se han desplomado, pero que muestran en sus entradas etiquetas rojas o amarillas.
La situación más grave ocurre incluso cerca de los poderes del Estado, alrededor del Palacio Miraflores, parroquias como Altagracia, La Pastora, San Bernardino. Todavía se pueden ver carpas instaladas con el apoyo de la ciudadanía. Centros temporales que no son controlados por el Estado, que son refugios instalados por la organización ciudadana.
“Es una situación muy, muy difícil, donde esto ocurre por la falta de planificación. El Estado venezolano no estuvo preparado para asumir una tragedia de las magnitudes de las que tenemos el día de hoy. Tardaron en el proceso de revisión. Entonces, desde el Frente Norte Caracas hemos realizado estos recorridos, hemos visibilizado, hemos hecho una contraloría ciudadana, más allá de diferencias políticas partidistas. Llevar a cabo una supervisión, como debería haber también, una supervisión del Estado de los centros temporales porque, por algo, la gente prefiere estar en sus carpas, en las afueras de las edificaciones”.
Calles sin escombros. Menos carpas que en los primeros días. La gente caminando a sus trabajos y tratando de hacer su vida normal. Por dentro la realidad es otra.
“Hay estructuras que están sentidas (…) A pesar de que tu edificación sea etiqueta amarilla o etiqueta verde, eso no significa que tu unidad habitacional o tu apartamento sea habitable, como ocurre en el mío, que está completamente destruido. Entonces, en ese escenario, existe el tema de que es una gran ausencia de Estado protector. Dependemos del pueblo ayudando al pueblo, el pobre al lado del pobre, el que está sufriendo al lado del que está sufriendo. Entonces, en este escenario, creo es que uno de los temas fundamentales”.

Rojas subraya que una de las situaciones que definen lo que ocurre en el centro-oeste de la capital es que algunas edificaciones son clasificadas como habitables, cuando en realidad no lo son.
“Hemos entrado en construcciones de Misión Vivienda y otras edificaciones donde no ha habido una respuesta real por parte del Estado, para la reconstrucción, porque hoy la ciudadanía no tiene el dinero para los elevados costos, cuando la reparación de una pared vale 2 mil dólares, la reconstrucción de un apartamento, por la medida baja, te puede salir por 8 mil dólares. ¿Quién puede asumir ese costo cuando tú tienes un pueblo, una ciudadanía, totalmente despauperizada y sin recursos?”, relata.
Un caso similar es el del edificio Vermonth, ubicado entra la avenida Fuerzas Armadas y la avenida Urdaneta, frente al elevado, que fue visitado por El Tiempo dos semanas después de la tragedia. Había fracturas tan pronunciadas que desde el suelo del piso 3 podía verse el suelo del piso 2 sin problemas.
Una de las vecinas que se identificó como Meryo apuntó que la estructura sigue “con graves daños” pero terminó calificándose como “habitable” con una calcomanía verde. “Justamente donde yo vivo cuando se lanza algo al piso, se mueve. Esa es la situación. Hay muchas grietas”.
En el Hospital de Clínicas Caracas, en San Bernardino, uno de los centros de salud más importantes de la capital, la fachada tampoco deja entrever las afectaciones graves que dejó el desastre natural.

En el centro del vestíbulo destacaba una recepción circular de dos pisos de altura y varios metros de diámetro, revestida de baldosas rojas ahora fracturada en varios puntos.
Su imponente, antes sólido e imponente, el principal elemento arquitectónico del lugar , ahora parecía otro paciente de urgencias más que requería pronta atención.
Ningún ascensor se encontraba funcional, mientras el laboratorio principal permanecía de puertas cerradas.
En otras áreas de Caracas se repetía el cuadro: espacios sin aparentes daños, con edificaciones caídas o seriamente dañadas al lado o próximas a ellas, principalmente en el este, en el sector de Los Palos Grandes.
Pero para palpar (y oler) la muerte de seres humanos, sólo había que recorrer 20 o 25 minutos más al norte. En La Guaira la tragedia seguía siendo humana, y la exigencia por recuperar los cadáveres, una lucha constante de familiares y vecinos.
Caracas / Rodolfo Baptista


