
La atención de los venezolanos se centró el pasado 26 de marzo en la segunda audiencia de Nicolás Maduro y Cilia Flores en en una corte de Manhattan. Y aunque no existen fotografías o videos públicos de ese momento, el artista venezolano Jorge Torrealba ha utilizado su talento para capturar la audiencia en caricaturas y así compartirla con sus paisanos.
Pero el arte de Torrealba no empieza en la corte. Desde niño, en Punto Fijo, Falcón, encontró en el dibujo una forma de expresión casi intuitiva. No lo veía como un destino profesional, sino como un pasatiempo impulsado por su entorno familiar. “Tenía una tía que me ponía siempre a hacer dibujos, a colorear… Me gustaba, pero no lo veía como algo que fuera mi carrera”, dijo en entrevista para El Pitazo.
Su camino parecía estar trazado hacia la ingeniería civil, área en la que llegó a formarse como técnico medio. Sin embargo, la vida le fue mostrando otra dirección. Mientras estudiaba y alternaba trabajos de medio tiempo, comenzó a cuestionar la idea de un empleo tradicional. “No me gustaba cumplir un horario, tener un jefe… Quería ser dueño de mi propio tiempo”, dice. Esa inquietud lo llevó a mirar hacia el arte, no solo como una pasión, sino como una posibilidad de vida.
En 2011, Jorge empezó a hacer caricaturas en vivo en un centro comercial de Punto Fijo. Lo que inició como una apuesta personal se convirtió rápidamente en un fenómeno local. “Si ibas a Punto Fijo, tenías que hacerte un dibujo”, cuenta. Su estilo, rápido y humorístico, conectó con el público y le abrió nuevas puertas.
Con el tiempo, su trabajo trascendió la ciudad. Recorrió Venezuela participando en eventos en ciudades como Caracas, Maracaibo y Barquisimeto. Aquella experiencia no solo consolidó su identidad como artista, sino que también le permitió descubrir que su oficio podía ser sostenible. “La primera vez que gané más en un día que en un mes trabajando, dije: esto es lo que voy a hacer”, afirma.
En 2016 Jorge viajó a Miami, Estados Unidos para participar en una convención de caricaturistas. No tenía planes de quedarse, pero tomó la decisión de emigrar. “Nunca fue con la intención de quedarme a vivir aquí, de hecho, yo tengo 10 años sin volver. Me vine y no regresé, tenía 25 años en ese momento”, explica.
Su llegada no fue sencilla. Sin familia y sin dominio del idioma, tuvo que abrirse camino desde cero. Sin embargo, hubo algo que marcó la diferencia: nunca dejó de ser artista.
«Yo entendí desde un principio cómo se vivía aquí, cómo la gente trabajaba aquí y todos los gastos que implican vivir aquí en los Estados Unidos. Ya yo había entendido lo que me gustaba, lo que me apasionaba, entonces mi primer trabajo como tal fue buscar un espacio», cuenta.
Torrealba dice que acudió a un restaurante y pidió permiso de hacer caricaturas: «Yo lo que quiero es un espacio y que la gente me dé lo que quiera, o sea, propina por las caricaturas. Y así empecé. Habían días buenos, habían días malos, pero yo estaba feliz porque estaba haciendo lo que me gusta y además que siempre estuve en movimiento, dando mis tarjetas, mostrando mi trabajo».
Esa decisión definió su trayectoria. Mientras muchos migrantes se ven obligados a abandonar sus profesiones, Jorge apostó por mantenerse fiel a su vocación. Primero en Miami y luego en Nueva York — donde lleva viviendo cinco años —, su carrera evolucionó. “Ha sido un camino largo… pero desde que llegué aquí he podido hacer exhibiciones y me ha ido espectacular”, afirma.
Para Jorge, su identidad como migrante no es un detalle secundario: es el núcleo de su obra. Su arte no busca solo estética, sino transmitir una historia. “Si no fuese venezolano, con lo que he vivido, no sería lo mismo mi arte (…) Siempre quieres dar un mensaje, hacer algo distinto… y la gente conecta con eso”, dice.
El arista dice que desde que llegó a Estados Unidos siempre se ha mantenido involucrado con las cosas referentes a Venezuela: «Como venezolano yo quisiera vivir en un país libre, quisiera volver (…) Cuando me enteré de que lo que pasó el 3 de enero, yo estuve al tanto, estuve dibujando, estuve pendiente de todas las concentraciones, de hecho movilizamos a las personas para que fueran a la primera audiencia y estuviésemos ahí.
Estar dentro del tribunal no formaba parte de sus planes. Sin embargo, dos días antes de la audiencia, cuando acudió a protestar frente a la corte, algo cambió. Fue entonces cuando surgió la idea, casi como una chispa inesperada: imaginó lo interesante que sería estar adentro, en ese espacio sin cámaras ni grabaciones, capturando la escena a través de un boceto, como los que suelen verse en películas y coberturas judiciales.
«Pero como la noche anterior había visto que habían personas haciendo línea y que hasta estaban vendiendo los puestos allí, yo dije como que no, esto va a ser imposible», cuenta Torrealba, quien para ese momento había decidido desechar esa idea.
Pero su arte estaba destinado a hacer acto de presencia. Al día siguiente, Torrealba salió temprano y aunque no vive cerca de la corte, ese día todo parecía alinearse a su favor: el autobús llegó a tiempo y el tren también. Al llegar a la corte, se acercó al primer policía que encontró y le explicó quién era, qué quería hacer y le mostró su trabajo. Para su sorpresa, el agente simplemente le dijo: «pasa».
«De repente ya estaba ahí adentro y estaba sentado a menos de dos metros de Nicolás Maduro, o sea, viéndolo frente a frente. Y con lo que tenía en la mano, porque no tenía mis materiales, no tenía nada, pero siempre tengo mi morral con algunas cosas, tenía un cuaderno y tenía unos lápices de colores, y ahí empecé a dibujar, porque obviamente estaba en shock. Yo respiraba, me veía la ropa y yo decía: ‘Me voy a despertar, estoy soñando’. Era surreal», cuenta el artista.

“Le di la oportunidad a la gente de estar dentro de esa corte (…) Yo fui más como venezolano que como artista”, explica. A partir de ese momento, asumió una responsabilidad mayor con su arte.
“Esta vez fui preparado… a eso iba”, dice al hablar de la segunda audiencia. Su rol dejó de ser espontáneo para convertirse en una forma consciente de documentar. Su creatividad también se manifestó fuera del papel. Para acercar la experiencia a quienes estaban afuera del tribunal, construyó una escultura de Nicolás Maduro —a la que él llama una caricatura en tres dimensiones— utilizando materiales reciclados.
“El bigote era un cepillo que conseguí en la basura”, cuenta. Para él, el valor de la obra no estaba en los recursos, sino en el mensaje y en el contexto. La pieza se convirtió en un símbolo dentro de las protestas, intervenida por quienes la rodeaban: “Ya no era mía… era de la gente”, afirma.

Sobre la posibilidad de asistir a una próxima audiencia, asegura que sí le gustaría volver. Explica que ya se siente parte de lo que está ocurriendo y que, de alguna manera, tiene el deber de estar allí. Para la segunda audiencia, realizó sus obras utilizando marcadores y dice que para una próxima, es probable que utilice materiales diferentes ya que le gusta experimentar e irse adaptando con su arte.
“Le di la oportunidad a las personas también de que pudieran estar dentro de esa corte ese día (…) Siento que tengo el deber de estar allí… Y generar estas cosas que a través de mi arte mueven a las personas (…) Siempre quieres dar un mensaje, siempre quieres hacer algo distinto… Y la gente conecta demasiado con eso”, dice el venezolano.

Caracas / El Pitazo


