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Sobreviviente: Yo no quiero regresar a La Guaira, aunque aquí en Anaco no tenemos nada

julio 24, 2026
Luisanyeli Pantoja quiere que la ayuden a conseguir un empleo para seguir adelante con sus dos hijos / Foto: Danela Luces

"Perdí a 41 personas de mi familia, entre tíos y primos. Somos una familia numerosa. Hasta ahora han sacado a 25. Ellos vivían en los apartamentos del gobierno, en las OPP (Obras Públicas Presidenciales), en Caribe.Si te soy sincera no sé cómo he hecho con todo esto. No recuerdo haberme sentado a llorar. Estoy como en automático", dice con la voz un tanto quebrada, pero con aplomo y serenidad, Luisanyeli Pantoja, una joven de 23 años de edad que sobrevivió al doble terremoto del 24 de junio en La Guaira.

La muchacha cuenta con fluidez los momentos posteriores a los movimientos telúricos que agrietaron la vivienda que habitaba con su abuela materna, Elisa Betancourt (71 años), y sus dos hijos: una niña de siete años y un bebé de siete meses, en Corapal, parroquia Caraballeda de La Guaira.

El relato lo hace mientras amamanta a su hijo en medio de un calor sofocante, en la estrecha sala de la casa de su madre, en Anaco, estado Anzoátegui, a donde viajó tres días después de la catástrofe.

"Vivía en una casa, en Corapal. Vivía con mi abuela y mis dos hijos, pero la casa quedó un poco agrietada y en la parte de atrás está un edificio grande que se llama Parque Mar, que se deterioró bastante con la tragedia. Teníamos miedo de que el edificio se fuera a caer y dormimos tres días en la calle porque mi hija no quería ni entrar al baño", dice sin percatarse de que no tiene que ahondar en explicaciones para justificar la prudente decisión de pernoctar fuera de su hogar.

Noche larga

Una noche, la primera, durmieron en la calle. La gente, acota, puso las colchonetas en una hilera en la calle y allí amanecieron. Esa noche fue larga, parecía interminable. No era para menos, pues al momento de los terremotos su abuela no estaba en la casa y Luisanyeli esperaba inquieta tener noticias de ella; pasaron más de 12 horas sin conocer su paradero.

"Le dije a uno de mis primos, que tiene moto: por favor, anda a ver dónde está mi abuela porque aquí no hay señal, no hay nada y no sé de ella. Él fue ese mismo día y cuando regresó me dijo que en Caribe no había nada, que Caribe ya no existía y yo sólo pensaba Dios mío! dónde está mi abuela?", cuenta la mujer mientras rememora su angustia.

A la mañana siguiente tuvo buenas noticias. La septuagenaria, quien trabajaba como cocinera en un kiosco en la playa, llegó a casa. "Ella estaba saliendo del trabajo cuando tembló y se fue caminando con unos compañeros, pero como hubo momentos en que la gente empezó a gritar tsunami, tsunami, muchos se alejaron. Por eso ella no vino a la casa esa noche", explica.

Rumbo a oriente

Los dos días siguientes, al ocultarse el sol, se quedaron en una cancha. Su mamá había llegado a La Guaira desde Anaco, el 25 de junio, en busca de sus familiares. Tres días después del doblete sísmico lograron salir del Litoral con destino a Puerto La Cruz, a bordo de un autobús que había llegado a la zona a llevar ayuda humanitaria.

"De allí, unas personas de la gobernación, de 'Más años, Más amor', nos trajeron hasta aquí", comenta para referirse a su arribo a la ciudad gasífera, específicamente al sector La Florida II, también conocido como "Terraplén".

La joven madre continúa su relato y aunque por instantes se concentra en calmar el llanto de su bebé, quien despierta un tanto incómodo tras una breve siesta en sus brazos, no pierde el hilo de la conversación y expresa su deseo de permanecer en suelo oriental: "Yo no quiero regresar", dice con tristeza y con la claridad de quien desea poner distancia del lugar en el que quedó sepultada parte de su familia.

Sin nada

Está consciente de que su permanencia en la ciudad gasífera impone desafíos y por eso no piensa mucho antes de responder qué le pediría a los entes gubernamentales o a quiénes deseen apoyarla: "la verdad es que yo quiero que me ayuden a conseguir un trabajo", precisa la veinteañera que tiene experiencia como cajera y se dedicó a hacer tortas para vender luego de convertirse en madre por segunda vez.

Sabe que esta etapa de su vida que comenzó hace casi un mes marca un nuevo desafío, porque tal y como ella misma admite, aquí en Anaco, materialmente, no tiene nada.

"Aquí no tenemos nada. Lo que está aquí es de mi mamá porque ella vive en esta casa con sus niñas y aquí estamos viviendo ocho personas: cinco niños y tres adultos. Me gustaría tener mi espacio, mi hogar con mis hijos", comenta mientras ve a su alrededor y vuelve la mirada hacia sus niños, a quienes se aferra como la única certeza que tiene en este momento.

Red de apoyo

Sobre el trato recibido hasta ahora por el gobierno estadal y local, asegura que le han tendido la mano. "Hemos recibido apoyo, gracias a Dios, más que todo para nosotros, los adultos. A los niños no les dieron nada. Los de 'Más años, Más Amor' nos dieron dos colchonetas pequeñas", acota.

Agrega que también han recibido atención por parte de equipo municipal de Vente Venezuela, quienes a través de un grupo conformado por un médico general, un pediatra, personal de enfermería y una trabajadora social, constataron su estado de salud y llevaron algunas medicinas y ropa.

Sobre si han recibido alimentos por parte del gobierno, Pantoja dijo que "una bolsita", esto mientras sigue "en automático" tratando de asimilar que bastaron unos segundos para que su vida y la de miles de personas cambiaran para siempre. Después de todo, los terremotos no sólo agrietaron su casa, también fracturaron su familia, su rutina, su mundo.

Anaco / Danela Luces

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