
“El mundo nos rompe a todos, y después algunos son fuertes en los lugares rotos”
Ernest Hemingway
Adiós a las armas, 1929
Si, fue un escalofrío en la columna y un tirón de miedo en los músculos del estómago para los que vivieron la tragedia de la vaguada del entonces estado Vargas en 1999.
La memoria parecía haber quedado enterrada bajo los escombros de los 26 años y seis meses transcurridos.
Pero el recuerdo emergió intacto el pasado miércoles 24 de junio cuando se registraron dos terremotos de 7,2 y 7,5 grados, además de las réplicas.
Transcurridos más de cuatro días, ya era un lugar común decir que La Guaira se mostraba, ante propios y extranjeros, como una zona de intensos y agresivos bombardeos de guerra.
Lo cierto es que el inmenso daño -uno de los mayores, sino el mayor de su historia-, no provino de un ataque desde el cielo, sino de su propio suelo. Los depósitos aluviales y cuaternarios, principalmente formados por gravas, arenas, limos y bloques rocosos, sobre los que asentaban sus edificios y casas en algunos puntos pueden convertirse en una suerte de “gelatina” cuando la vibración telúrica se expande por el terreno.
Decenas de estructuras comenzaron a colapsar y con ellos, las esperanzas de sus habitantes de salir, sino ilesos, al menos permanecer con vida.
Las primeras 48 horas fueron la lucha de vecinos y habitantes que con sus manos y uñas escarbaban entre tierra y cemento para salvar a familiares, amigos y allegados que permanecían con vida bajo ruinas, fragmentos de concreto, y amasijos de hierro y latón, sobre todo en localidades del oeste
El comienzo del arribo al país de cerca de 16 misiones de rescatistas de distintas naciones y de alguna maquinaria de remoción de escombros pareció traer algo de esperanza de que se redujeran los lapsos que separaban a mujeres, hombres y niños entre la vida y la muerte.
Sin embargo, este tipo de ayuda parecía concentrarse en la zona este de la entidad, en Caribe, Caraballeda, donde se desplomó la mayor cantidad de edificaciones.








A las 5:00 pm de este sábado, Diliana Torre Alba fue rescatada con vida del edificio Nautilus por equipos de Estados Unidos y El Salvador, donde permaneció bajo los escombros durante casi 70 horas.
Y aunque muchos se hacen fuertes en lugares rotos para sobrevivir, otros lo hacen para proteger a sus seres queridos a pesar de su propia vida.
La esposa del futbolista Héctor Bello, Andrea, murió salvando a su hija. Alana, de 20 meses. “Me aseguraré de que nuestra bebé recuerde lo maravillosa que eras y cuánto la amabas (…) Le contaré la historia de cómo la salvaste”, escribió Héctor Bello en un tributo en la red Instagram.
La realidad siempre es más cruda
Este domingo 28, los gritos y llamados de ayuda continuaban escuchándose en La Guaira, cada vez con menos fuerza, mientras el aire se cargaba cada vez más con el olor característico de los cuerpos en descomposición. La cifra oficial de fallecidos ya superaba los 1 mil 450 mientras el número de desaparecidos rebasaba los 50 mil.
En los sitios donde aún no llegaba ayuda de maquinaria ni de rescatistas lo único que se negaba a romperse ante las fuerzas de la naturaleza, era la resiliencia y la resistencia de los vecinos.
En el Urbanismo Hugo Chávez, ubicado en Playa Grande, Catia la Mar, muchas de las 193 torres de cuatro pisos y 16 apartamentos cada una, sufrieron los embates de los temblores del miércoles 24.
En una de las casas que experimentó más daños, Dana, una niña de 11 años falleció tapiada por el peso de una moto y concreto. Tuvo que esperar más de 24 horas para que su cuerpo apenas con vida, casi dando su último suspiro, fuera sacado del lugar.
Kelvin Castillo relata que antes de salir de su hogar tuvo tiempo de ver como las dos torres del conjunto Bella Vista que se encontraba cruzando la calle, con vista al mar, se plegaba piso por piso como un acordeón en medio de un rugido.
Contó con los segundos suficientes para salir de la casa al igual que otros integrantes de la familia.
Evy Parra explica que al momento del temblor, la puerta de la casa se cerró impidiendo que la niña saliera. “Estamos haciendo las diligencias a ver si la enterramos en una fosa común”, dijo.
A las 10: 35 am, en una de las viviendas adyacentes, dos hombres uno de ellos con una pala -ninguno profesionales del rescate-, hacían un nuevo intento de sacar el cuerpo sin vida de Carlos Eduardo Torres Perdomo, de 31 años. De nuevo, el olor acre penetrante de la descomposición se sintió en el lugar.
“Si no nos ayudan, por acá no pasan”
Desde el pasado miércoles, los habitantes del Complejo Residencial Luisa Cáceres de Arismendi ubicado en Playa Grande, Catia La Mar, en La Guaira, intentaban rescatar a las decenas de sobrevivientes que quedaron tapiadas usando solo sus manos, o cuando más, algunas herramientas improvisadas.
“Estoy trabajando con mis uñas”, dijo un hombre con el rostro cubierto de tierra y un casco blanco.
De las dos torres una se mantenía con dificultad en pie y con sus paredes descubiertas -en uno de los pisos podía verse un pequeño perro negro asustado y abandonado-. La otra, torre, la D, había colapsado por completo: En esta última Alexandra mantenía la fe de que su hermana Luz Mary Marín, de 30 años, y su sobrina Yorlymar Apóstol, de 16 años, se encontraran con vida. “Si puede ser, porque mi cuñado anoche escuchó a su perrita ladrar y ella vivía en una esquina en el piso cinco.”
Durante cuatro días no recibieron ayuda gubernamental ni el envío de ninguna maquinaria pesada.
“Si hubiésemos tenido ayuda de verdad habríamos sacado a muchas personas vivas, pero en este momento somos nosotros mismos con nuestras propias manos. Necesitamos agua y alimentos. Los que están ayudando se cansan, y minutos que se pierdan es una vida que se pierde allí.”, agregó.
En un momento providencial una grúa sobre una gandola pasó por la zona. Los vecinos desesperados clamaron para que el vehículo se detuviera y los ayudara a rescatar a sus familiares, aunque el chofer argumentaba que podía ir preso por esa acción.
Incluso se sentaron en el piso de la calle para impedir el avance de la máquina.
“Si no nos ayudan, por acá no pasan. Van a tener que pasarnos por encima”, dijo un joven de cabello negro y con la decisión intacta.
“Acá hay más de 100 personas vivas” aseguraba. “En el edificio vivían 800 familias”
El chofer finalmente aceptó participar en la remoción de los escombros, entre los aplausos de los presentes.
Los Silos se convierten en una morgue
En la zona central y parte de la Costa de Macuto, muchas edificaciones y estructuras, en apariencia, no mostraban daños externos -como la Casa Guipuzcoana, o la noria de 66 metros llamada el Ojo de La Guaira-, aunque la mayor parte del estado permanecía sin luz y escasa señal de internet.
En otras, las evidencias del desastre eran más que visibles. Los campamentos improvisados de damnificados también ya eran una parte del paisaje, además de los centros de acopio.
Postes y tendidos eléctricos en el piso e instalaciones deportivas como el Polideportivo José María Vargas, se usaban como refugio.
Las características torres de los 12 Silos para almacenar alimentos ubicadas en la avenida Soublette se convirtieron en una morgue -en su parte externa-, ante la imposibilidad de los organismos forenses de darse abasto, recibir y atender a la cantidad de fallecidos -que ya superaban los 150.
Los cuerpos eran puestos en el piso, cubiertos con sábanas o bolsas blancas.
A las afueras, los familiares de los muertos hacían cola a la 1:00 pm bajo el sol para poder ingresar a reconocer a sus allegados -muchos de ellos en avanzado estado de descomposición- y recibir la correspondiente acta de defunción.
Caribe, zona de desastre
En Caribe, Caraballeda, infinidad de edificios se desplomaron. El paisaje de La Guaira cambió drásticamente en esa zona, que sufrió con más rigor los movimientos telúricos. La magnitud del daño fue tal que en la localidad se concentró la mayor cantidad de maquinaria y equipos de rescatistas internacionales, incluyendo mexicanos, salvadoreños y de Estados Unidos, a diferencia de lo ocurrido en la zona oeste.
Entre los edificios destruidos se encontraban el Mar de Leva, Coral Park, Residencias Costa Azul, Coral Mar, entre decenas de otros más.
También el Rita Sol Palace, cuya entrada fue empapelada con decenas de fotos de sus habitantes desaparecidos, y teléfonos, para que aquellos que pudieran suministrar su ubicación se comunicaran.

Pasada las 12:30 am, Helen Guédez, informó, entre lágrimas, la aparición de su papá, Jesús Guédez, de 65 años, tras permanecer atrapado entre los escombros del edificio Mar de Leva casi cuatro días.
Más de 20 rescatistas permanecieron por cerca de una hora para apoyar en las labores de traslado del hombre y la posible aparición del de Helen, Abraham Guédez, de 20 años, y su abuela, Dunia Medina, de 75.
Un equipo de la Unidad Militar de Emergencias del Ministerio de Defensa español logró rescatar con vida a una mujer atrapada bajo los escombros -donde estuvo durante 72 horas- en la residencia Vistamar de Caraballeda.
La esperanza, a pesar del paso del tiempo y las dificultades, logró que los especialistas localizaran a los ya pocos supervivientes, para los que cada minuto contaba como una bocanada de aire.
La Guaira / Rodolfo Baptista


