
A través de varios medios de comunicación del país, educadores manifiestan cómo sus trabajos paralelos les permiten mantenerse en modo supervivencia ante la precariedad económica que persiste en la nación. Cifras desalentadoras y las consecuencias psicológicas de esta diversificación forzada explican esta tragedia que vive el sector encargado de formar al futuro
Los ejemplos de docentes ejerciendo oficios paralelos para poder apenas subsistir, debido a los muy bajos ingresos que reciben por dar clases, es un problema nacional cuya base inicial está en el área económica pero que trasciende además al área psicológica y de formación de la generación de relevo. Y aunque esta situación puede extenderse a casi cualquier actividad legítima y legal en Venezuela, al tratarse de la educación retumba y cae como cascada entre niños y jóvenes en etapas de aprendizaje.
Ana Virginia Rodríguez, una docente de 56 años de edad, es viva muestra de los esfuerzos adicionales que deben hacer ella y sus colegas. Recuerda que hace dos décadas aproximadamente, cada vez que recibía el pago de su quincena, llevaba a su hija a comer en un restaurante, le compraba unos zapatos, un regalo o algún detalle. "Yo compré mi primer aire acondicionado con una quincena, pero eso ahora es impensable". La profesora de secundaria, quien durante sus 21 años de carrera ha impartido las materias Biología, Educación Artística e Idioma en planteles del municipio Peñalver, en el estado Anzoátegui sólo cobra 250 bolívares quincenales, lo cual no le alcanza ni para cubrir un día de pasaje en transporte público (requiere Bs 400 diarios).
Rodríguez da clases tanto en un liceo público como en uno privado y desde hace tres años vende pan y dulces en su casa para complementar aún más. "Tengo compañeras que venden empanadas en el mercado o frutas, otras hacen dulces y los venden entre los mismos docentes".
La maestra Carmen Matamoros, quien labora en la Escuela Bolivariana Dr. Severiano Hernández, ubicada en el sector El Frío de Puerto La Cruz, ha visto en la costura una aliada económica en medio de los bajos salarios que perciben los profesionales de la enseñanza, sin embargo, no es el único "rebusque" que tiene para compensar el déficit en sus ingresos: En los últimos años ha tenido que criar pollos para la venta y vender dulces de leche junto con su esposo. "Todo eso lo hemos tenido que hacer para cubrir nuestras necesidades principales, las necesidades básicas, pues no alcanza para el monto total de la cesta alimentaria" ($730 de acuerdo al más reciente informe del Cendas-FVM).
Otro de sus colegas, José Luis Guareguan, alquila su moto “para que hagan mototaxi de vez en cuando y eso me ayuda a subsistir. Además, he tenido que dar clases tanto en el sector público como el privado. Los docentes tenemos que hacer de tripas corazones y tener trabajo adicional para comprar alimentos, útiles y hasta materiales para trabajar", añadió el maestro que hace vida en la Unidad Educativa (UE) Juan Fernando Peñalver, en el municipio Píritu, zona oeste del estado Anzoátegui.
Según el último censo que maneja el Sindicato Venezolano de Maestros (Sinvema), realizado hace tres años, en el estado Anzoátegui hay unos 27 mil docentes activos por parte del ministerio de Educación, mientras que la nómina dependiente de la gobernación la integran un poco más de 1.000.
La presidenta del gremio en la entidad, Maira Marín, aclara que las cifras pueden haber variado, debido a que en los últimos años ha habido numerosas renuncias (sin precisar una cantidad).
Resalta que casi 100% de los maestros que sigue laborando en las aulas anzoatiguenses realiza alguna actividad complementaria para contrarrestar la poca incidencia que tienen los actuales salarios en sus finanzas. "Yo he tenido que vender casabe y queso entre mis amistades. Aprendí a hacer yogurt y los vendo. Conozco colegas que hacen tareas dirigidas, costura, taxi, transporte y hasta limpieza en casas de familia. Ningún trabajo desmetrita a otro, pero nosotros nos formamos para levantar a la juventud de relevo".

A juicio de Marín, quien ha laborado en el sector educativo durante 37 años, es necesario que se recupere el "estatus docente" no sólo a nivel socioeconómico, sino también en lo que respecta a conciencia y valor real que poseen los educadores en el mundo.
En el Instituto Pedagógico de Caracas se graduó un solo profesor de Matemática en julio de 2025. Para Tulio Ramírez, doctor en Educación y director del Doctorado en Educación de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), ese dato refleja la crisis que atraviesa el sistema educativo en el país: falta de relevo para sustituir a los miles de docentes que han abandonado las aulas en los últimos años.
De acuerdo con el estudio Diagnóstico Educativo de Venezuela (DEV), elaborado por el Centro de Innovación de la UCAB, el número de docentes activos había pasado de 699.000 en 2018 a aproximadamente 502.700 en 2021; lo que se traduce en una salida de cerca de unos 196.300 maestros del sistema educativo en todo el país en tan solo tres años.
Ramírez advierte que la magnitud actual del déficit sigue siendo motivo de controversia. Mientras la Federacion Venezolana de Maestros afirma que la falta de docentes ronda 50% de la plantilla docente nacional, que equivale a unos 225.000 educadores, el gobierno ha llegado a reconocer que la insuficiencia es de 50.000 maestros. “Sean 225 mil o 50 mil, es una cifra extraordinariamente grande”, asegura el especialista, quien expone que la situación no sólo se debe al éxodo, sino también a la migración laboral. Recuerda que miles de docentes abandonaron las escuelas para dedicarse a actividades que les permitieran obtener ingresos suficientes para sostener a sus familias.
Y mientras el sistema pierde docentes, también disminuye aceleradamente el número de personas interesadas en convertirse en educadores. Según investigaciones realizadas por Ramírez, “en los últimos 10 años, el nivel de egreso se ha reducido casi en 80%, en 2025 con respecto a 2015”. El estudio tomó como muestra la Universidad Central de Venezuela, la Universidad Católica Andrés Bello, la Universidad Pedagógica Experimental Libertador y la Universidad de Carabobo. La matrícula de estas instituciones era de unos 117.000 estudiantes de Educación en 2008. Para 2025, “no llegaban a 3.000”, expone Ramírez.
La principal explicación de la situación educativa es la económica. El académico detalla que las condiciones laborales hacen que la profesión docente sea una opción poco atractiva para los bachilleres: “¿Con qué incentivo un bachiller opta por estudiar Educación si en su futuro como profesional lo que ve es pobreza? El docente del más alto escalafón apenas percibe $30 mensuales”.
Ante la escasez de personal, Tulio Ramírez asegura que las autoridades han recurrido a mecanismos extraordinarios para cubrir vacantes, como el llamado a integrantes de la Misión Chamba Juvenil y los intentos por reincorporar a docentes jubilados.“La gran pregunta no es si los muchachos se van a quedar sin profesores, porque siempre habrá alguien frente a un aula. La gran pregunta es quiénes van a ocupar esas aulas". A su juicio, el riesgo es que la falta de docentes especializados termine siendo cubierta por personal sin formación pedagógica, comprometiendo la calidad de la enseñanza y la formación de las nuevas generaciones.
Condiciones laborales
Según los datos suministrados por Sinvema-Anzoátegui, en el año 2022 se dieron a conocer las últimas tablas salariales dentro del sector educativo y éstas se han mantenido vigentes hasta la fecha. En lo que respecta a la escala de 40 horas, el docente que menos gana (Bachiller Docente) tiene un salario de Bs 287,44 (0.49 dólares al cambio del Banco Central de Venezuela del día 12 de junio), mientras que el maestro categoría VI con 21 años de servicio (último renglón) recibe un ingreso mensual de Bs 450,70 ($0,77). En el caso de los que laboran más de 53 horas a la semana, el maestro de menor categoría gana Bs 383,23 ($0,66), mientras que el de mayor rango (docente tipo VI) recibe Bs 600,89 mensuales (1,03 dólares).
Desde varios estados de Venezuela se escuchan las voces de quienes se sostienen entre su vocación y los esfuerzos adicionales, concientes de la incidencia que tienen en los alumnos. Reclaman, cuentan sus historias y piden que el país dé un vuelco positivo.
Mirla Figueroa, una docente dependiente de la gobernación del estado Nueva Esparta, está próxima a recibir su jubilación tras 27 años de servicio. Comenta que su "salvavidas económico" en medio de la difícil situación que atraviesa el sector educativo, ha sido un oficio que aprendió antes de graduarse como docente: la peluquería. "Cuando reviso mi cuenta bancaria cada 15 días y el salario es de Bs 495, me da mucho dolor esta situación por la que estamos pasando. Yo soy especialista en Educación Inicial y gano eso, pero hay colegas que ganan entre 200 y 250 bolívares. Mientras le seca el cabello a una cliente en su casa, la educadora lamenta que los docentes ahora dependan, para subsistir, del llamado "bono de guerra", subsidio mensual complementario abonado por el Estado, de $200 . "No me parece, porque con los bonos no podemos vivir. Yo obtuve esta casa con mi salario, porque gozaba de un buen bono vacacional y unos aguinaldos, que era plata en aquel tiempo".
Con 31 años de servicio, maestría en su haber y a cargo de materias clave como Planificación y Control de Producción, el profesor Raúl Brito personifica la cruda realidad del gremio universitario en el estado Bolívar: la obligación de recurrir al pluriempleo para sobrevivir. Al salir de las aulas de la Universidad Nacional Experimental de Guayana (Uneg), Brito debe encender el motor de su vehículo para trabajar como taxista. También asesora tesis y pasantías en la región. Para él, el contraste entre su nivel académico y su realidad actual es devastador. “Es terrible. Uno dice: estudié tanto, hice maestría... ¿cómo pude llegar a esto? No tengo tiempo para descansar, ni para atender a la familia”.
Con la voz quebrada por la impotencia, Brito asegura que su permanencia en las aulas responde estrictamente a la vocación. “El dar clases es como un apostolado, eso te llena y no tiene precio”. Sin embargo, lamenta que esa entrega sea utilizada en contra de los educadores. “De eso se han aprovechado quienes manejan las políticas gubernamentales; se han valido de ese enamoramiento con el servicio para llevarnos a la miseria”.
Los profesionales de la enseñanza pública en el estado Lara se ven obligados a migrar al libre ejercicio. Así lo certifica Elio Gustavo Álvarez, un profesor de Educación Física egresado de la Upel (Universidad Pedagógica Experimental Libertador) en 2004. Su rutina se transformó en un dilema matemático: asistir a su plantel rural le exige invertir ocho dólares diarios en transporte, una cifra que pulveriza por completo su ingreso mensual formal y lo obliga a financiar de su propio bolsillo el derecho a dar clases.
Ante el colapso de la economía escolar, los conocimientos técnicos han tenido que cambiar de escenario para sobrevivir. Álvarez optó por desplazar la pedagogía formal hacia el libre ejercicio en los espacios públicos de Barquisimeto, reinventándose como entrenador e instructor particular.
Hoy, su sustento no proviene del Ministerio de Educación, sino de las rutinas de acondicionamiento físico, salud integral y recreación que dicta a grupos de mujeres adultas. “Ya que no hay cabida económicamente en las instituciones escolares, pues entonces, vámonos a la vida al aire libre”.
A pesar de la asfixia económica, el arraigo a las aulas no se rompe del todo, pero se ha vuelto intermitente. El docente larense sigue acudiendo a la escuela rural una o dos veces por semana, en un esfuerzo por mitigar lo que define como una dolorosa “orfandad académica y recreativa” en la infancia de preescolar y primaria.
El panorama intramuros es desolador: asignaturas fundamentales para el desarrollo cognitivo y motriz, como la Educación Física, han sido marginadas del diseño curricular obligatorio. La disciplina ha quedado rebajada a un simple pasatiempo sin supervisión en los patios, despojando a los alumnos de herramientas clave para el pensamiento analítico y la resolución pacífica de conflictos.
A sus 48 años de edad, Néstor Jaimes, refleja el pragmatismo docente. Egresado de educación mención matemática en el año 1998 y especialista en lectura, luego de pasar 25 años como bibliotecario de la Universidad de Los Andes núcleo Táchira, hoy suma tres años en aulas de clase mientras cumple 40 horas semanales de clase matutina y, por la tarde, atiende el mostrador de una panadería.
"Mi primer sueldo mensual eran 77 mil bolívares antiguos y con ello hacia desastres. Hoy tengo dos entradas y no cubren mis necesidades". En la escuela gana unos 240 dólares mensuales, sumando el sueldo más bonificaciones especiales y en el comercio percibe 160 mil pesos colombianos semanales (40 dólares aproximadamente) más el beneficio de "rigor panadero" (pan o mantecadas) que alivia las meriendas de su familia. Además, predica en retiros espirituales, dicta talleres, toca música en misas y las personas le dan colaboraciones.
En aulas muy deficientes, se reinventa con hojas de reciclaje para hacer avioncitos. Lleva su corneta y televisor personal a las aulas para cumplir tareas, frustrado si los apagones de energía sabotean la clase pese a preparar material hasta la medianoche y a veces sin fines de semana libres.
"El desafío es educar para cambiar la mentalidad". En este sentido el docente sigue apostando a la enseñanza en el país porque ve en la juventud la única vía para transformarlo. Su meta es fundar una empresa propia de servicios junto a su hijo, quien es diseñador gráfico. Sabe de colegas que venden helados o tejen pulseras decorativas.
La historia de Jaimes no es un hecho aislado, sino el vivo retrato de un sistema educativo donde la vocación ha sido forzada a convivir con la supervivencia. El funcionamiento de las escuelas públicas y privadas hoy no descansa sobre presupuestos estatales eficientes sino sobre el pluriempleo y el subsidio invisible de miles de maestros que se niegan a dejar vacíos los pizarrones del país.
Silenia Hernández trabaja como docente en la Escuela Francisco de Miranda en el municipio Araure de Portuguesa. De lunes a viernes, al mediodía, cambia su trabajo como maestra por una cava llena de helados que vende en afuera de las oficinas del Saime (Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjería), de una empresa de envíos y en las avenidas Libertador y Alianza de Acarigua.
Tiene 57 años, y le toca vender helados porque su sueldo de 25 años como maestra no le alcanza para comprar comida, reparar algún artefacto que se le dañe o simplemente mantenerse.
No tiene descanso, sale de su casa con 36 helados en su cava que, asegura, suele vender en su totalidad cada día. La jornada no termina allí. Después de que termina de vender sus helados, cerca de las 5:00 p.m. regresa a su casa para dar tareas dirigidas a dos niños hasta las 7:00 p.m. Inmediatamente debe preparar los helados que venderá al día siguiente y en ese proceso llegan casi que la madrugada.
Los sábados y domingos, desde muy temprano, se instala en el mercado municipal de Acarigua, en el sector La Goajira, o en otras calles del centro, donde también vende helados.
Llora cuando cuenta que su mamá no quería que ella vendiera helados. “Mija usted tanto que estudió”, recuerda las palabras de su madre.
La maestra Dalia Camacho vive en el municipio Maracaibo en el estado Zulia y la escuela donde trabaja queda a 74,3 kilómetros de su casa. Además de ser docente, la mujer de 56 años trabaja limpiando casas de familia para poder aumentar sus ingresos. “Mi salario como maestra es de 267 bolívares mensuales. Actualmente lo que nos está ayudando es el bono de guerra que es de 140 dólares”. Limpiando casas gana entre 150, 180 y hasta 220 dólares. Cuenta que también le ha tocado vender golosinas y costear sus pasajes.
“Estoy enamorada de mi carrera. Me dicen ‘tú no eres maestra por un 15 y un último sino maestra por vocación’. Porque estudié, me preparé para ser docente y hoy en día me siento orgullosa por eso, pero esta situación es dolorosa. Tenemos que valorar el trabajo del educador. El educador es el que enseña a todo profesional y lo motiva a continuar y uno como docente merece ser recompensado”.
Recurrir a las ventas, trabajos informales y emprendimientos es la estrategia que están utilizando docentes venezolanos para sobrevivir, a cambio de sacrificar, en muchos casos, su salud mental, advierte la psicóloga clínica Vanessa Nunes, quien cuenta con 17 años de experiencia en la atención de niños, adolescentes, adultos, parejas y familias.
La situación de presión puede causar baja autoestima y trastornos depresivos y ansiosos -a veces, mixtos- que requieren el apoyo de un profesional de la salud mental.
Sentimientos de inutilidad
Más allá de las consecuencias financieras y el impacto significativo en la salud mental de los docentes, esta situación de pluriempleo también tiene efectos que terminan extendiéndose al entorno escolar y al proceso de aprendizaje de niños, niñas y adolescentes.
Explica que esta situación puede afectar la autoestima de los educadores, quienes terminan asociando de manera inconsciente la baja remuneración con una supuesta falta de valor de su trabajo. “No se sienten suficientes, pero no necesariamente son ellos sino la realidad que los envuelve. De manera inconsciente, el bajo salario docente se internaliza como ‘mi trabajo no vale nada’, lo que lleva a sentimientos de inutilidad y vergüenza”, afirmó la psicóloga Vanessa Nunes.
Nunes indica que la depresión en docentes venezolanos ha sido documentada en investigaciones nacionales, entre ellas estudios realizados por el Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela (Cendes-UCV).
Entre las manifestaciones más frecuentes mencionó la fatiga crónica y el agotamiento emocional derivados de extensas jornadas laborales, en las que muchos educadores cumplen su horario académico y luego destinan sus horas de descanso a actividades complementarias para generar ingresos. También, advirtió sobre la presencia de síntomas psicosomáticos que se han vuelto habituales dentro del gremio. “Los síntomas psicosomáticos son los más comunes como cefaleas, gastritis e insomnio, los cuales han sido normalizados en el gremio docente”.
Frente a esta realidad, la psicóloga subraya la importancia de evitar interpretaciones simplistas sobre el problema. “La búsqueda de ingresos extra no es un síntoma, es una estrategia de supervivencia; es necesaria e inevitable”.
Entre las recomendaciones profesionales plantea la validación del contexto que enfrentan los docentes, la promoción de espacios de psicoeducación para diferenciar la valía personal del nivel de ingresos y la creación de grupos de apoyo entre colegas dentro de las instituciones educativas. También, propone desarrollar talleres para identificar señales tempranas de afectación emocional, como insomnio, irritabilidad persistente o pérdida de interés en actividades que antes resultaban gratificantes, con el fin de facilitar una atención psicológica oportuna. “Es muy importante invertir en nuestros docentes; son los formadores del futuro de cualquier país”.
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El Tiempo: Jesús Bermúdez, Mario Guillén, Lino Castañeda, Yumelys Díaz /La Nación: Daniel Bueno /El Impulso: Rubén Conde / Tal Cual: Luna Perdomo / El Pitazo: Nataly Angulo, Mariángel Moro, Carlos Suniaga / Runrunes


