
La crisis hídrica que golpea a Cumaná, capital del estado Sucre, ha entrado en una nueva etapa: la de la resignación, después de casi dos meses sin suministro regular por tuberías.
Muchos son los cumaneses que aseguran que han terminado por adaptarse a una realidad que al principio desató angustia, protestas y cierres de avenidas, pero que hoy se vive con menos fuerza en las calles y con más esfuerzo dentro de los hogares.
En los primeros días de la contingencia, la molestia ciudadana se hizo evidente. Las protestas eran constantes y, en algunos casos, se contabilizaban a diario en distintos sectores de La Primogénita, como es conocida la ciudad capital del estado Sucre. Los vecinos exigían respuestas inmediatas y una solución concreta al problema del agua.
Sin embargo, con el paso de las semanas, la presión en las calles ha disminuido y las manifestaciones se han vuelto menos frecuentes.
La rutina de los habitantes también cambió. Hoy, buena parte de la población ha tenido que incorporarse a filas para cargar un tobo de agua o para esperar la llegada de camiones cisterna, una práctica que ya forma parte del día a día en numerosos sectores de la ciudad.
Aunque la gobernación del estado Sucre mantiene un cronograma de abastecimiento por medio de camiones cisternas, los vecinos aseguran que el sistema no logra cubrir la demanda total de la población.
Por eso, muchas familias se han visto obligadas a recurrir a la compra de cisternas privadas, cuyos precios oscilan entre 20 y 60 dólares, dependiendo de la capacidad del vehículo y de la cantidad de agua requerida.
Fernanda Rivas, vecina de la urbanización Brasil, aseguró que la situación ha terminado por cambiar por completo la dinámica del hogar.
“Uno ya se acostumbró a vivir pendiente del agua. A veces toca hacer cola, a veces toca pagar cisterna y otras veces resolver con lo poquito que cae. Ya no es como al principio, que todo el mundo estaba en la calle protestando; ahora la gente está cansada y lo que hace es aguantar”, comentó.
Por su parte, José Luis Marcano, residente de Los Chaimas, señaló que la población ha tenido que adaptarse a una realidad difícil y costosa.
“Antes uno pensaba que esto se iba a resolver rápido, pero ya van casi dos meses y seguimos igual. Comprar una cisterna no es fácil, y tampoco alcanza para todos. Uno termina haciendo filas, esperando y resolviendo como puede”, expresó.
En algunas comunidades, además, los residentes continúan organizándose para compartir el recurso y estirar al máximo cada llenado. La escasez ha hecho que el esfuerzo por conseguir agua se vuelva parte de la rutina, con horas invertidas en colas, traslados y coordinación entre vecinos para lograr abastecerse.
Más de 50 días después del inicio de la emergencia, la ciudad sigue atrapada entre la necesidad y la adaptación. Cumaná no ha dejado de reclamar soluciones, pero sí ha aprendido, a la fuerza, a convivir con una crisis que sigue marcando el ritmo de su vida cotidiana.
Cumaná / Lino Castañeda


