
60 días después de que el doble terremoto devastara a La Guaira, el paisaje en Residencias Caribe, en la parroquia Caraballeda, parece sacado de una pesadilla suspendida en el tiempo.
De las cuatro torres que conformaban el complejo, dos colapsaron por completo, una yace totalmente destruida al este, y la torre A se mantiene en pie pero mutilada, inclinada de tal forma que parte de su estructura quedó enterrada mientras el resto apunta hacia el cielo.
110 cuerpos de personas que no pudieron salir durante la catástrofe siguen entre los escombros. Sus familias intentan sacarlos para darle santa sepultura.
Abajo, en lo que alguna vez fue la piscina del conjunto, hoy solo hay una montaña gris de bloques, cabillas y polvo. Y en medio de esa ruina absoluta, la vida —o lo que queda de ella— se ha instalado bajo carpas precarias y percudidas por el sedimento. Ahí pernoctan los familiares día y noche.
El ambiente es parco, casi fantasmal; el calor implacable del día obliga a los rescatistas improvisados a esperar la tregua de la noche para cavar.

Al entrar a los restos de la torre A, el recorrido es una prueba de vértigo. Los pasillos se vuelven eternos e inclinados, flanqueados por paredes deshechas que permiten mirar hacia el vacío o asomarse al interior destruido de los apartamentos.
En el piso seis, la escena congela la sangre: la pared de una fachada desapareció por completo y, colgando de una cuerda como si alguien hubiera salido a tender la ropa aquel 24 de junio, un maniquí colgado se mueve de acuerdo con la corriente del viento. Es testigo mudo de la tragedia.
En las paredes de lo que queda en pie, como un grito desesperado contra el olvido, se leen nombres y números de cédula escritos con espray. Son las marcas que los parientes han dejado para señalar a los ausentes.
Y en las torres colapsadas, por donde los voluntarios se introducen a riesgo de sus propias vidas, las entradas ya no se llaman huecos; rescatistas mineros que llegaron al principio las bautizaron con un término que duele menos: "galerías". "Decirles huecos es muy feo", justifica una de las parientes, mientras la búsqueda de los aproximadamente 110 cuerpos que aún faltan por rescatar continúa bajo la tierra, a tientas y sin tregua. Los familiares piden ayuda. Aseguran que permanecerán en el sitio hasta sacarlos a todos.

Bajo esa misma sombra de escombros, los familiares han levantado una trinchera de resistencia. Angie Sojo es una de ellas. Desde la "hora cero" no se ha movido del sitio.
Busca a su esposo, Gustavo Adolfo Riascos Gómez, quien estaba en el apartamento 005 de la Torre B, piso 2, cuando ocurrió el doble terremoto.
"Primero con la esperanza de que estuviera vivo y, bueno, ahorita… como Dios me lo entregue, pues", relata. Angie explica que, aunque los drones y los perros pasaron los primeros días indicando que no había señales de vida, la necesidad de respuestas no se apaga.
Su día a día dio un giro radical: su hija de 20 años está separada de ella y la preocupación es constante. Frente al rumor de una posible demolición por parte de las autoridades, ella es tajante: "¿Qué van a construir algo sobre los cuerpos? No". Ella se quedará hasta el final.

A pocos metros, Aura Medina, quien vivía en el piso 8 de la Torre B que terminó colapsando, comparte el mismo calvario mientras busca a su esposo Emilio Ignacio Rivas Hernández.
Laura detalla con crudeza la precariedad con la que luchan cada día: faltan herramientas que se han dañado o perdido, guantes de carnaza y de látex, tapabocas, repelente para mosquitos, hielo para refrigerar los alimentos y carpas nuevas con cierres funcionales.
"De rescatistas sí (han recibido ayuda), de los bomberos, los Aztecas. Por la parte del gobierno, nulo. Tristemente, porque nos frenaron las ayudas, pusieron muchas trabas. Me parece una forma muy inhumana y despiadada", denuncia Aura, quien detalla que según el escaneo de un dron con Taylor, quedan aproximadamente 70 cuerpos en la superficie y 40 en la parte subterránea de esa torre.
A este dolor colectivo se suma Nayibe Geromés, quien busca a su madre, Leida Josefina Mata Cupido, de 64 años, residente del piso 2 de la Torre B. Nayibe relata cómo la convivencia se ha transformado en una suerte de hermandad forzada por el dolor: "Todos acá somos como especie de una familia. Nos apoyamos, a veces si tenemos que echarnos un chiste nos los echamos porque hay que sobrevivir y aprender a lidiar con esto".
El ritmo diario de Nayibe y los suyos se divide entre la planificación logística, la búsqueda de agua, hielo y alimentos recorriendo Tanaguarena, y el resguardo de sus hijos de 24 y 16 años. Aunque intentó pasar dos noches en el campamento y enfermó de neumonía por los fuertes olores y la contaminación, su decisión es firme: "Soy la columna de mis hijos y siento que tengo que estar aquí hasta el final. Mi mamá se merece un descanso digno, todos los demás fallecidos también".
Todas coinciden en un clamor: exigen manos amigas, voluntarios que se sumen al equipo, ventiladores y plantas eléctricas para oxigenar las asfixiantes galerías donde se internan a cavar; cascos y lámparas de cabeza. Se aferran a la persistencia porque, como repiten entre las ruinas de Residencias Caribe, irse a casa sin respuestas es una opción que no existe. "Es asfixiante".
Caraballeda / Tal Cual


