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«En Parque Mar no estamos bien», vecinos urgen ayuda técnica y económica al Estado

agosto 9, 2026
Vecinos aseguran que los arreglos de las torres son sumamente costosos / Fotos: TalCual

La fachada de las torres de Parque Mar, en Los Corales, engaña a cualquiera que pase por la vía principal. A primera vista, la imponente estructura del complejo de condominios más grande de la zona —compuesto por 821 apartamentos distribuidos en cuatro torres— parece haberse mantenido firme ante la furia del doble terremoto que sacudió La Guaira. Sin embargo, cruzar el umbral del conjunto residencial es adentrarse en una realidad completamente distinta, una donde la tragedia no se lee en los cimientos externos, sino en las entrañas de los edificios y en el desgaste emocional de sus habitantes.

Al ingresar al conjunto, el ambiente es taciturno, envuelto en una tristeza pesada que se respira en cada rincón. El viento que entra por los espacios abiertos choca contra las paredes totalmente fracturadas y produce un silbido constante, casi fantasmal. Las escaleras están hechas añicos, los muros interiores muestran una fragilidad extrema y las fosas de los ascensores se convirtieron en abismos profundos repletos de escombros.

Caminar por los pasillos es asomarse a la desolación. A través de pequeños orificios en las paredes o de secciones enteras venidas abajo, se alcanzan a ver los interiores de los apartamentos. Hay puertas abiertas de par en par que dan a estancias desiertas, donde las cortinas se mueven solitarias al compás de la brisa que cruza la estructura herida.

Muchos vecinos han tenido que desplazarse a casas de familiares o amigos en Caracas, hacinados en espacios ajenos, mientras otros tantos sobreviven durmiendo a la intemperie en carpas improvisadas en el estacionamiento.

«No estamos bien»

Andrés Barreno, habitante del piso 13 de la torre A, también conocida como Brisas, explica la magnitud del complejo: solo su torre alberga 240 apartamentos, lo que da una idea del volumen de familias afectadas. Tras las inspecciones preliminares de los expertos, las torres principales A, B y C recibieron etiqueta amarilla, mientras que la última fue catalogada con roja. Aunque los análisis estructurales iniciales apuntan a que las columnas y vigas maestras principales resistieron el embate —abriendo la posibilidad técnica de una futura recuperación mediante un estudio profundo de patologías estructurales—, hoy las cuatro torres son formalmente inhabitables.

«De quedarme acá, pues es lo que tengo. No puedo hacer o pensar otra cosa», confiesa Andrés. Señala que en las condiciones económicas actuales del país iniciar un nuevo camino o adquirir otra propiedad es inviable. Para él y para cientos de guaireños, la prioridad es que el Estado evalúe la recuperación de las edificaciones, pues considera que resultaría menos costoso para la nación rehabilitar lo existente que construir viviendas desde cero.

«Cuando ingresas a las edificaciones o cuando te vas a la parte de atrás ves los daños: escaleras comprometidas, totalmente fracturadas las paredes, lo que muchos llaman mampostería», relata Barreno.

Pide al Estado Ayuda para todos los edificios. «En Parque Mar no estamos bien. Solicitamos al Gobierno la ayuda para recuperar estas cuatro torres, el conjunto completo, y seamos familias que puedan continuar su vida, entendiendo que ya todos venimos lastimados de un deslave del año 1999, donde a través del tiempo y de todo lo que hemos vivido como venezolanos vamos intentando llevar una vida medianamente regular».

Minutos de terror

El terror del momento del doble terremoto quedó grabado en la memoria de los residentes, tal como lo vivió Tania de Ramírez y su nieta, quienes pasaron momentos de auténtica pesadilla a puerta cerrada. El movimiento telúrico trancó la cerradura de su apartamento, impidiéndoles la salida mientras el edificio entero crujía de manera violenta.

«Eso fue como cuando disparan una metralleta» recuerda Tania al describir el sonido de la tierra. Entre la desesperación, con una biblioteca que se le vino encima y la hirió, y sin poder abrir la puerta, supo que dependían de un milagro. Su hija, que se encontraba fuera, alertó a los rescatistas, pero en medio de la confusión inicial le decían que ya todos habían salido. Fue la insistencia desesperada de su hija, junto a otro vecino que ingresó por un un alero externo, lo que permitió que lograran sacarlas.

Su nieta quedó tan afectada por el desespero y la angustia que tuvo que ser enviada a vivir temporalmente con su padre, al considerar que no era justo que una niña viviera algo tan triste. En tanto, Tania ha tenido que ingeniárselas para sobrevivir: durante semanas durmió en un carro, luego le donaron una carpa con un toldo donde ella descansaba, mientras su nieta ocupaba otra y otro familiar dormía en el vehículo.

Aunque una vecina les prestó un apartamento cercano para cocinar y resolver las necesidades básicas, y aunque reconoce la buena voluntad inicial de algunos médicos y rescatistas, subraya con contundencia que la ayuda institucional no existe. «Ayuda, ayuda, ayuda… no la hay« señala, explicando que si los propios vecinos no se hubieran unido para organizarse, colaborar y responder mancomunadamente, no habrían llegado a ninguna parte.

Para Tania, esta pesadilla trae ecos dolorosos del pasado. Ella es una sobreviviente del deslave de 1999, en el que perdió su casa, su carro y estuvo a punto de perder la vida al ser arrastrada hasta la playa. Haber logrado levantar cabeza tras años de esfuerzo, vivir alquilada y encontrarse de nuevo en el punto de partida la llena de incertidumbre. Conoce bien cómo se manejan las cosas en el Estado —recuerda las trabas burocráticas y los préstamos perdidos tras el 99— y ve con enorme escepticismo las promesas oficiales de reconstrucción, aunque mantiene viva la esperanza de tener, en los años que le quedan, una propiedad segura junto a su familia.

La mano de obra

Víctor Manuel Morgado no ha dejado el edifcio desde que tembló, pese a que en algún momento, la gente de Valle del Pino, un barrio que se encuentra en los alrededores salió corriendo porque pensó que colapsaría.

Reafirma su arraigo. Asegura que no quiere irse del estado, ni de Parque Mar, el lugar donde vio crecer a sus hijas y a sus nietos. Destaca que estas torres lograron resistir la investidura de un terremoto brutal. Frente a la parálisis institucional, la autogestión vecinal se ha convertido en la única respuesta tangible.

Resalta que cuadrillas de residentes se han encargado de limpiar y remover escombros con su propio peculio, contando recientemente con el apoyo de una cuadrilla de efectivos militares, que llegaron por algunos conocidos para despejar y desahogar las fosas y accesos de los ascensores tres y cuatro. Dice que lo que la comunidad exige de manera urgente al gobierno no son dádivas complejas, sino insumos básicos y concretos: bloques y cemento. Con eso, asegura, los propios habitantes están dispuestos a poner la fuerza de trabajo para levantar de nuevo sus propiedades y rescatar el lugar que les pertenece.

Morgado estaba en el estacionamiento cuando sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies cuando se desató el primer movimiento de gran magnitud. Al ver que las torres de enfrente comenzaban a colapsar y escuchar los gritos desesperados de los vecinos atrapados en los pisos altos con las puertas trancadas, la adrenalina anuló cualquier rastro de miedo. Sin pensarlo dos veces, en lugar de evacuar hacia la calle, comenzó a subir los 22 pisos a pie hasta llegar a su apartamento y liberar a su esposa, que también estaba encerrada.

En el camino de descenso, «parecía a las películas de terremoto», las paredes iban explotando, le iban cayendo escombros, escucha el concreto crujir y miran en vivo y directo como se fracturaban muros. Llegó hasta su esposa con los pies ensangrentados por todo lo que pisó en el camino. «Estaban encerradas. Como pude abrí la puerta».

Al bajar se encontró con una vecina en silla de ruedas que no podía evacuar por sus propios medios. La cargó en sus hombros hasta un piso donde otros residentes se sumaron para terminar de ponerla a salvo. Para Víctor, enfrentarse a una magnitud donde la tierra rugía y ronqueaba como si el mundo fuera a acabarse cambió radicalmente la vida de todos en La Guaira, una región donde —según explica— la fuente de trabajo formal prácticamente ha desaparecido, obligando a muchos a buscar alternativas en otros estados.

Entre la necesidad de un dictamen técnico definitivo que certifique la habitabilidad y la urgencia económica de levantar paredes donde ahora solo hay huecos y viento, los vecinos de Parque Mar continúan resistiendo. Las fachadas intactas que se ven desde la calle son apenas un espejismo que oculta la herida profunda de un conjunto residencial que se niega a morir en silencio.

Caracas / TalCual

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