
La comprensión de la sismología ha adquirido una relevancia estratégica para la planificación urbana y la gestión de riesgos tras la actividad registrada durante los últimos meses.
Los eventos ocurridos en Venezuela y Colombia, aunque cercanos en el tiempo, exigen un análisis diferenciado que permita a los organismos de seguridad y a las instituciones de ordenamiento territorial interpretar la naturaleza de estas sacudidas. La correcta interpretación de estos fenómenos es fundamental para mitigar la vulnerabilidad de la infraestructura y coordinar una respuesta proporcional.
De acuerdo con los registros técnicos analizados por los organismos internacionales, el evento ocurrido en Venezuela el 24 de junio se manifestó como un doblete sísmico, un fenómeno infrecuente donde se produce una primera sacudida de magnitud 7,2 seguida, apenas 39 segundos después, por un movimiento de magnitud 7,5.
El epicentro se localizó en la costa oeste de Caracas, afectando de manera crítica a los sectores de Caraballeda y La Guaira. Según los reportes técnicos recogidos por medios como Semana, esta secuencia ha dejado una cifra confirmada de 6.400 fallecidos y más de 73.000 heridos.
El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estimó una probabilidad del 43% de que la cifra de víctimas mortales supere las 10.000 personas en este territorio.
Christine Goulet, directora del Centro de Ciencias Sísmicas del ente, explicó que la severidad de los daños estructurales se vincula con la vulnerabilidad de las construcciones, muchas de las cuales serían de mampostería de ladrillo sin refuerzo. El colapso respondería a la pérdida de resistencia producida por el primer impacto.
La violencia de este suceso en Venezuela también se explica por la escasa profundidad del hipocentro, situado a solo 10 kilómetros de la superficie. La Agencia de Energía Nuclear (NEA) señala que los sismos superficiales generan movimientos del suelo significativamente más letales que los profundos.
En el caso de Caracas, el factor geológico determinante fue el denominado efecto de cuenca, dado que la ciudad se asienta sobre una cuenca sedimentaria profunda que, de acuerdo con datos de La Vanguardia, amplifica las ondas sísmicas en lugar de amortiguarlas. Esta conjunción de poca profundidad y respuesta del suelo estableció un precedente de alta destrucción que condiciona la percepción pública ante el sismo registrado posteriormente en la nación vecina.
El lunes 10 de agosto de 2026, el suroccidente colombiano fue sacudido por un evento de magnitud similar, pero de naturaleza geológica distinta. El epicentro se situó en San José del Palmar, en el departamento del Chocó, según el USGS. A pesar de que el movimiento se percibió con fuerza en grandes centros urbanos como Cali, Pereira y Quibdó, el escenario de afectación fue distinto.
Mientras que en Venezuela la infraestructura se encontraba sobre el epicentro, el foco en Colombia se localizó a unos 110 kilómetros de profundidad. Esta mayor distancia permitió que la energía fuera absorbida por la masa rocosa antes de alcanzar la superficie, resultando en un impacto menor en las zonas pobladas.
Los reportes iniciales indicaron 132 víctimas fatales, cifra que se elevó posteriormente a unos 300, mientras que organismos norteamericanos situaron en un 32% la probabilidad de que los fallecidos superasen la barrera de los 1.000.
La sismóloga de la Red Sismológica Nacional de Colombia, Viviana Dionisio, clasificó este suceso como un sismo intraplaca generado en la placa de Nazca. Técnicamente, este fenómeno ocurre dentro de la placa oceánica que está en proceso de subducción, lo que justifica científicamente la profundidad registrada de más de 100 kilómetros.
De acuerdo a lo explicado por Dionisio a Telemundo 51, esta distinción es fundamental para comprender que, aunque la escala de Richter arroje valores parecidos, los mecanismos de ruptura y la propagación de energía operan bajo lógicas físicas independientes.
La diferenciación de los procesos de liberación de energía es vital para desmitificar la supuesta conexión directa entre los sismos de Venezuela y Colombia.
El evento colombiano habría sido el resultado del proceso de subducción, donde la placa de Nazca se introduce bajo la Sudamericana. Por su parte, los sismos en Venezuela fueron provocados por un movimiento lateral de rumbo entre las placas del Caribe y Sudamericana.
Esta disparidad mecánica explicaría por qué la fractura en Venezuela fue más directa y destructiva en la superficie, mientras que el hundimiento de placas en Colombia distribuyó la energía de manera distinta.
La disparidad también se refleja en las proyecciones macroeconómicas de ambos eventos. El USGS proyecta que el sismo de Venezuela podría afectar entre el 5% y el 20% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, debido a la destrucción de centros industriales y urbanos de vital relevancia. Por el contrario, el impacto económico en Colombia se estima inferior, reflejando una menor afectación en la infraestructura crítica de producción.
La geóloga Guillermina Sánchez sostiene que la heterogeneidad de las placas tectónicas, donde los ángulos varían a lo largo de la cordillera, impide que todos los movimientos respondan a un único sistema de fallas.
La sismología moderna considera prioritario gestionar las expectativas de la población ante la frecuencia de sismos en periodos cortos. Expertos como Rodrigo León y Luis Quintanar Robles coinciden en que la ocurrencia simultánea de eventos como los de Colombia, Indonesia y España, responde a una coincidencia temporal y no a una secuencia mundial.
León destaca que el sismo en Indonesia se originó en el cabalgamiento de retroarco de Flores, un sistema de falla inversa independiente de la dinámica sudamericana. Quintanar Robles, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, enfatiza que cada región posee ciclos propios de acumulación y liberación de tensión, por lo que no existe evidencia de una reacción en cadena a lo largo del planeta.
La imposibilidad científica de predecir terremotos se mantiene como una premisa fundamental. La geóloga Guillermina Sánchez explica que, aunque se identifiquen zonas de acumulación de tensión, la liberación final es impredecible.
Ante la inquietud social sobre una posible progresión de sismos hacia Ecuador, Perú u otros países, la evidencia técnica indica que cada zona opera bajo sus propios ciclos de energía.
En cualquier caso, la disparidad entre los sucesos de Venezuela y Colombia demuestra que la magnitud de una tragedia depende más de la calidad constructiva y la profundidad del foco que de la violencia del sismo por sí misma, reafirmando la importancia de la prevención y el rigor técnico por sobre el temor a lo impredecible.
Puerto La Cruz / Oriana García


