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Guaireños rescatan lo poco que les quedó tras terremotos: "No se puede empezar de cero"

julio 9, 2026
Mientras algunos bajan con escaleras sentidas por el temblor, otros usan cuerdas para bajar de un piso a otro sus pertenencias / Foto: Tal Cual

"Le pagué a un ‘choro’ para que me sacara las cosas de mi apartamento", cuenta Luisa Chirinos. Han pasado 14 días desde el doble terremoto que estremeció La Guaira y prácticamente devastó Playa Grande, el sector ubicado al oeste de la entidad en el que vivía. La mujer de 48 años permanece refugiada en el Centro de Adiestramiento Naval Felipe Santiago Estévez (Canes), ubicado en Catia La Mar.

Chirinos vivía en Los Delfines, un conjunto residencial de dos torres, con 10 pisos cada una y seis apartamentos por piso. Tras el movimiento telúrico quedaron de pie pero estructuralmente afectadas hasta el punto de quedar inhabitables. Salió en pleno sismo. Su familia no la encontró de inmediato. Se refugió en el Canes y se encontró con su familia 24 horas después. No había forma de comunicación, no había luz, ni señal telefónica.

Relata que luego del temblor ingresó a la edificación unas tres veces para sacar ropa y comida. Luisa quería dejar todo en el edificio, pero un familiar la hizo "entrar en razón". "Me recordó que estamos en Venezuela y que comenzar de cero y sin nada es difícil… y es verdad", comenta, al tiempo que recuerda que fue sacando lo que pudo, su "cocinita", otros enseres y su colchón.

El edificio fue saqueado. En medio de ese caos le ofreció dinero a una de las personas que hurtaba cosas del lugar para que le sacara lo que le indicaba. "Ya ni recuerdo cuánto le pague". Estima que le pagó unos $3o en efectivo.

En la misma zona, pero más hacia el norte, vecinos de Playa T antes habían denunciado a TalCual que la estructura, que quedó reducida a escombros, había sido saqueada. Robaron gasolina, equipos electrónicos y enseres. En ese momento reclamaban falta de seguridad. Familiares de personas que vivían en esa edificación, pero que también residían en otros edificios afectados en la zona, relataron que tuvieron que pagar vigilancia privada para que cuidaran lo poco que quedó en las ruinas.

Al este de la entidad, entre Caribe y Tanaguarena, la situación es similar. En el edificio Ocean Caraballeda, ubicado en la calle La Playa, a una cuadra de playa Los Cocos, desde afuera se puede ver a personas bajando cocinas, cornetas de gran tamaño y otros enseres. "Son para mi jefe", comenta a TalCual una de las personas que cuida varias de estas pertenencias. "Estamos sacando lo que él nos dice que es esencial", agrega. El edificio no se derrumbó, pero al igual que la mayoría de los que se encuentran en estas zonas quedó inhabitable. Es posible ver a las personas bajando por las escaleras porque las paredes de la fachada se cayeron.

"Lo habíamos dejado a la buena de Dios", comenta a TalCual Hilda. Está sentada frente a la única torre de la OPP 25 que quedó de pie, pero también inhabitable. Tiene una franela negra y un short. Su cuerpo reposa sobre una silla de madera tejida. A su alrededor hay una nevera y una cocina que no sabe si sirve. Sus parientes se metieron a la edificación a rescatar lo poco que quedó.

Para la mujer no se trata de afanarse por lo material, sino de poder contar con cosas de primera necesidad en medio de la precariedad. "¿Cuándo tendríamos otra vez algunas cosas?", se pregunta. Al mismo tiempo, desestima el beneficio económico que Delcy Rodríguez anunció se daría por seis meses a las personas damnificadas.

Jonathan Betancourt y Génesis Lovera vivían en la OPP 34. Han podido sacar cocina, neveras, tanques y otros enseres. Ingresaron a la estructura sin el veredicto de un ingeniero que les advirtiera sobre el peligro de ingresar. En ese edificio nadie murió, dicen con alivio, tras mirar a escasos metros donde edificaciones de gran envergadura quedaron reducidas a escombros.

Cocinas, lavadoras, televisores, muebles, bombonas de gas, cornetas, ropa, colchones, tanques de agua, son algunos de los objetos que TalCual pudo ver eran rescatados por los ciudadanos. Comprar estos enseres de contado es prácticamente imposible para un 76,5% de la población que está en pobreza, según la última encuesta Encovi. Una nevera, un electrodoméstico de primera necesidad, supera los $500. Por solo dimensionar el impacto económico de la catástrofe para el venezolano de a pie, en el país el precio de la canasta alimentaria mensual se estima en 770 dólares.

Mientras algunos bajan con escaleras sentidas por el temblor, otros usan cuerdas para bajar de un piso a otro sus pertenencias, incrédulos de que la ayuda y la estabilidad llegue rápidamente.

La Guaira / Tal Cual Digital

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