
“Por favor, mi mamá está viva, sáquenla de allí”. Clamaba un hombre de mediana edad a los bomberos que se encontraban removiendo los escombros del centro residencial Las Petunias, ubicado en Los Palos Grandes, cerca del Migas de Altamira, esquina Andrés Bello con la primera transversal.
La estructura había sobrevivido al terremoto de 1967, uno de los más fuertes que había sufrido el país, hasta el pasado miércoles, cuando ocurrieron dos intensos movimientos telúricos registrados a las 6:01 pm, uno de 7,2 grados seguido de otro de 7,5 grados, que dejaron más de 580 fallecidos, cerca de 3 mil heridos y, hasta el momento, daños irreparables en al menos 250 edificios según cifras oficiales.
El colapso de uno de los edificios del Conjunto Residencial Las Petunias compactaba lamina, tras lámina de cada piso como si tratara un sándwich de nueve capas presionado por cada lado.

“¿Crees que su mamá esté viva?”, preguntaba una mujer a un bombero. Este respondió con un movimiento de cabeza negativo.
Escasas maquinaria pesada hacían lo posible por apartar el amasijo de escombros de la zona, pero las labores resultaban lentas y la tarea infructuosa en caso de que alguien aún permaneciera con vida en el lugar conforme pasaban las horas.
Luego del 3 de enero el país no había experimentado una conmoción similar. Algunos comercios abrieron en la mañana. Ya en la tarde, en el este y oeste de la capital, la mayoría de los locales se encontraban cerrados: algunas personas hacían colas frente a farmacias y otras frente a los pocos abastos, supermercados y aprovisionamientos de agua potable que permanecían abiertos.
En la zona de Chacao, las fachadas de muchas estructuras se mostraban visiblemente afectadas, como los edificios Habitat y Monaco en la primera transversal de La Castellana, frente a la Plaza Bélgica. En este último, el derrumbe de una pared dejaba expuesto el interior de un cuarto con baño incluido.

La ayuda profesional era poca. Los propios habitantes de la localidad hacían lo posible por limpiar los restos de cemento que se encontraban en las aceras o como en la avenida Francisco de Miranda, donde un mural del Santo José Gregorio Hernández parecía mostrar con sus manos una ingente masa de vidrios fracturados como muestra de los daños causados en la capital.

En la Iglesia Chacao su fachada también daba testimonio del intenso movimiento de tierra que azotó al país, con daños visibles, grietas profundas y desplome de friso. Un hombre con una cruz en mano arrodillado frente a la plaza adyacente parecía pedir tranquilidad mirando al cielo y que cesaran las réplicas, que ya para ese entonces se contabilizaban en 20. “No sé qué le pasó a la imagen del Cristo que está adentro. Aún no han abierto las puertas de la Iglesia”, decía con preocupación.

Lo mismo ocurría en el Centro Comercial Lido, cerca de Chacaíto, con vidrios caídos desde lo alto de sus pasarelas.
Las cintas amarillas que pedían guardar distancia y precaución a los transeúntes a su paso por las aceras parecían ser las única constante, en una ciudad de comercios cerrados y poco tránsito de personas.
En el centro de Caracas , las fachadas, y en particular en La Candelaria y sus zonas cercanas también mostraban rastros de escombros, y vidrios y las ya habituales cintas amarillas para mantener a raya a los transeúntes por posibles nuevos derrumbes.
La Iglesia Nuestra Señora La Candelaria, donde reposan los restos del Santo José Gregorio Hernández mostraba también deterioros y afectaciones importantes. Molduras, cornisas, adornos y trozos de frisos de la fachada yacían en la acera. Nada de eso impidió que resonara el tañido de las campañas. A las 12 del mediodía.

“Estamos vivos por la misericordia de Dios”
En la Plaza La Candelaria, se dejaban ver más personas de las habituales, algunas con maletas y bolsas en la que trasladaban sus pertenencias.
Muchos de ellos habían pasado la noche y la madrugada del miércoles 24 y el jueves 25 durmiendo en los bancos de cemento o en el piso. “Mi esposo y yo seguimos aquí, por el temor de regresar a nuestro apartamento. Vivimos cerca, pero las paredes y el piso están agrietados. Nos da miedo regresar”, dijo Yelitza, mientras su pareja dormía a su lado, usando una chaqueta como almohada.


La situación se repetía en varios lugares de la localidad. En el edificio Vermonth, ubicado entre la avenida Fuerzas Armadas y Urdaneta, frente al elevado de la zona, decenas de personas habían también dormido en la calle, entre ellos adultos mayores y niños. Pasado el mediodía seguían sentados en el piso o durmiendo en colchonetas, algunos de ellos sin comer.
Clamaban por ayuda o apoyo de las autoridades o funcionarios de organismos de seguridad, que luego de 18 horas del suceso no se habían hecho presentes.
El Vermonth es un edificio viejo de 11 pisos donde vivían más de 33 familias -tres apartamentos por pisos. Desde la planta baja se veía una profunda fractura del lado lateral derecho en la fachada. Dentro, sin luz eléctrica, la situación no era mejor. Grietas y daños en pisos y paredes resultaban más que visibles, además de una inclinación de la estructura
“Estamos vivos por la misericordia de Dios”, relata Juan José Acosta. “Estamos aquí desde anoche. Hay muchos niños. Necesitamos ayuda. El edificio está agrietado en sus 11 pisos. No ha venido Protección Civil. Nadie ha venido”.
Otra de las afectadas, que trabaja en el área textil de nombre Mery explica que todos los edificios de la cuadra sufrieron daños. “Todos están durmiendo afuera o debajo del puente (el elevado de las Fuerzas Armadas).”
Agrega que intentaron llamar a los bomberos de Caracas o de otras instituciones, pero para el momento tenían otras prioridades más graves en la ciudad, que en algunos puntos estaba colapsada. “Por ejemplo, los edificios que se desplomaron en La Castellana y Los Palos Grandes”.



Agrega que, aunque no hubo heridos en el momento de los dos terremotos “el edificio se está partiendo por la mitad, prácticamente”.
Al finalizar la tarde, el miedo seguía latente. Algunos seguían temerosos de las réplicas, aunque estás hubieran dejado de producirse.
En uno de los edificios de la Gran Misión Vivienda Venezuela ubicado frente a la Universidad Central de Venezuela (UCV), sus habitantes salieron al paseo que comunica la Tres Gracias con Los Símbolos para instalar hamacas dispuestos a pasar otra noche a la intemperie.
En algunas avenidas como la Roosevelt y La Victoria en el suroeste de la Capital, los daños parecían menores y los ciudadanos continuaban recogiendo escombros caídos de las fachadas.
Entretanto, el país seguía esperando las delegaciones de 16 países y de la Organización de Naciones Unidas (ONU), cuyos equipos colaborarán con las labores de rescate, mientras las horas seguían corriendo para los que quedaron atrapados.
Rodolfo Baptista


