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Caracas luego del 3 de enero: del vacío inicial a los intentos de convocatorias chavistas y los reclamos por los presos políticos

febrero 4, 2026
Las calles en Caracas permanecieron vacías el 3 y el 4 de enero, pero en los comercios se formaban largas colas / Foto: El Estimulo / R.B.

Sin apuro, sin gestos de celebración o de protesta por lo que acababa de ocurrir en la madrugada, apenas unas pocas horas atrás. Muy pocas personas recorrían las avenidas caraqueñas a las 9:30 am del 3 de enero. 

“No salir de sus casas” era la recomendación general que corría por las redes, y que las personas que conseguían con dificultad señal telefónica, alcanzaban a leer en sus celulares.

Los que se atrevían, hacían simplemente lo que tocaba: buscar algún comercio abierto para comprar agua, comida, un medicamento o resolver lo inmediato después de una tensa jornada que estaba lejos de terminar.

A la 2:01 am el sobrevuelo de aeronaves por la capital del país, seguido del estruendo de detonaciones, arrancó el sueño de los caraqueños para quienes aún el sonido de los cohetes por la celebración de fin de año estaba fresco en la memoria.

En zonas altas de la parroquia Santa Rosalía, en el suroeste de Caracas, podían observarse los destellos naranja de las explosiones seguidas de columnas de humo que se registraban en Fuerte Tiuna, una de las instalaciones militares mas grandes y protegidas de la capital venezolana. Más alejado, hacia el norte, al final de la avenida Victoria, cerca de Puente Hierro, la sede del Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin) en El Helicoide se mostraba como un domo oscuro, sin las luces de colores que cubrían habitualmente la estructura.

El sonido de aeronaves fue menguando paulatinamente y ya cerca de las 4:00 am el silencio volvió a dominar el ambiente. Varias zonas de Caracas, principalmente en el sur oeste quedaron sin luz: Los Próceres, Santa Mónica, Los Símbolos, la avenida Roosevelt, Prado de María y El Cementerio y a partir de las 5:00 la señal de Internet se había reducido a lo mínimo.

“Si vamos a morir, vamos a morir todos”

Pasadas las 10:00 am, muy pocos comercios se atrevían a abrir, con reserva, sus puertas. Sin luz ni señal para realizar pagos electrónicos, únicamente se aceptaban bolívares o divisas. Sólo las extensas colas en los locales de las cadenas de farmacias y algunos supermercados en el Este capitalino, rompían con la sensación de resguardo que arropaba la mañana caraqueña. 

Más de un centenar de personas se formaban en fila a las puertas del Farmatodo de la parroquia San Pedro, cerca de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Sólo se permitían ingresos de 10 en 10 compradores por turno. Agua, hielo, papel higiénico, enlatados y medicinas para los casos más urgentes se dejaban ver en las bolsas de quienes salían minutos después.

En una espera de más de dos horas la mayor parte de las conversaciones giraban en torno a cómo el estruendo había interrumpido el sueño. Otros casos eran distintos. “Tuve que salir a buscar a mi hija a una fiesta que tenía en El Valle. Le dije a mi esposa: ‘si vamos a morir, vamos a morir todos’”, relató un hombre de mediana edad y cabello gris, provocando la risa de los que se encontraban cerca de él. “Esto estaría más lleno si la gente no tuviera miedo de salir”, acotó un joven en la misma cola. La mercancía se agotó en par de horas. El área de alimentos del establecimiento parecía parcialmente arrasada: sin agua, hielo, enlatados o pan.

El domingo 4 las calles del oeste se encontraban igual de desoladas. Aunque la luz se iba restableciendo en algunos puntos, las comunicaciones seguían difíciles. El agua embotellada o en garrafones y la señal de internet parecía ser lo más buscado. Frente a un pequeño supermercado en Santa Mónica, media decena de ciudadanos levantaba sus celulares al aire, en busca de una mejor recepción para poder realizar el Pago Móvil de sus compras, mientras un motorizado se alegraba de no haber gastado el efectivo que había recibido en días previos. “Todo el mundo sabía que esto iba a pasar. Lo que no sabíamos era cuando”, dijo.

Todo 11 tiene su 13

Para la mañana del lunes 5, ya con la electricidad y las comunicaciones restablecidas en la capital, todo pareció retomar la normalidad. Aún sin celebraciones, ni protestas, comercios y trabajadores regresaban a la rutina.

A lado de unos contenedores de basura, cercanos a la jefatura de Santa Rosalía, Liomar, uno de los jóvenes que normalmente hurgaba entre desechos y desperdicios para rebuscarse, había hecho un hallazgo. Se trataba de una figura de juguete de Hugo Chávez, en traje de campaña y con boina. “Te lo dejo a buen precio”, le decía a una persona que se acercó para tomar una foto con su celular. La transacción no se concretó. Liomar resolvió: “Se lo voy a llevar a mi tía”. 

La incertidumbre de lo que había ocurrido dos días antes seguía en el ambiente. Algunas preguntas comenzaban a responderse. Otras tardarían más en hacerlo.

La Operación Resolución Absoluta desplegada por EE.UU. en Caracas que había sacado del país al mandatario Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores de su resguardada vivienda en Fuerte Tiuna, había contado con un despliegue de 150 aeronaves, entre aviones F-35 y F-22, helicópteros y drones de reconocimiento. También bombardeos en la Base Aérea La Carlota, La Guaira, en el aeropuerto de Higuerote, entre otros sitios y se habían inutilizado las comunicaciones militares y la capacidad de respuesta de baterías antiaéreas.

La Fuerza Delta de ejército estadounidense había realizado la extracción, con un saldo de 32 escoltas cubanos del presidente y al menos 47 militares venezolanos muertos.

La foto de Maduro a bordo del buque de asalto anfibio USS Iwo Jima en el Caribe, a donde había sido trasladado en condición de preso, para posteriormente ser sometido a un proceso judicial en EE.UU., le daba la vuelta al mundo. Aparecía esposado, llevando una botella de agua, con lentes oscuros que impedían la visibilidad y auriculares. Vestía un conjunto deportivo gris de marca Nike.

Casi 24 años atrás, entre la noche del 12 y la madrugada del 13 de abril de 2002, cuando Maduro salía de una breve clandestinidad tras el derrocamiento de Chávez, también vestía un conjunto deportivo. Había hecho su reaparición en el Palacio de Miraflores junto a Cilia Flores, con una chaqueta y pantalón de ejercicios marca Adidas, azul oscuro con franjas blancas y grises, de segunda mano y fuera de su talla. “(A Chávez) lo tienen secuestrado en La Orchila. Nosotros le exigimos a los militares que lo secuestraron que se lo devuelvan al pueblo de Venezuela”, dijo al grupo de personas, reunidas frente al Palacio Blanco y la guarnición de la Guardia de Honor, a través de un micrófono con altavoz, instalado en un estacionamiento. “Más de 40 mil personas junto a los soldados del Ejército, la marina y la aviación en Maracay, están en la calle”, acotó en aquel entonces.

Esta vez no hubo aquella reacción popular y militar que con el tiempo había alimentado el discurso chavista de una “épica del regreso del chavismo”, resumida en la frase de “Todo 11 tiene su 13”. El fin de semana del 3 y del 4 de enero, muchos dirigentes esperaban un nuevo 13. Pero la reacción de protesta popular-militar no apareció.

Llamados a manifestar

Las semanas siguientes a los bombardeos, el chavismo buscó recomponer su actividad de calle. Al mediodía del sábado 3 se produjo una primera concentración de unas decenas de personas en la avenida Urdaneta, en el centro de Caracas. “Vamos a estar en la calle hasta que nos devuelvan a nuestro presidente”, dijo Tania Díaz vicepresidenta de Asuntos Internacionales del Partido Socialista Unido de Venezuela (Psuv). Otra concentración, sin la asistencia esperada, se registró el domingo 4 en La Candelaria.

Tras la juramentación de Delcy Rodríguez como presidenta encargada el lunes 5, las convocatorias a marchas y concentraciones se comenzaron a hacer a diario y por sectores. La primera de ellas, el martes 6 de enero fue la “Marcha de la Mujeres por la Paz y la Soberanía”, que se desplazó desde la sede de la Cantv en la avenida Libertador hasta Santa Capilla en la avenida Urdaneta. En la actividad se presentó el secretario general del Psuv, Diosdado Cabello.

Como si se tratara una nueva jornada de campaña electoral, el chavismo había actualizado y remozado sus consignas. “Devuelvan a Cilia y Maduro. Los queremos de vuelta”, gritaban algunos de los presentes. Otras replicaban el gesto con las manos que mostró Maduro ante cámaras, en una foto difundida tras ser capturado: en ella, el mandatario hacía la V de la victoria con su mano izquierda, mientras señalaba con el índice de la derecha al lado, gesto que el oficialismo tradujo con la frase “Nosotros venceremos”.

Desde las puertas del Centro Comercial Sambil de La Candelaria, zona centro de Caracas, una pareja observaba la movilización pasar por el elevado de la avenida Andrés Bello. “Ahora harán elecciones y va a venir Delcy Rodríguez. Uno lo que quiere es estar tranquilo. Esto no va a terminar. Este es el cuento de nunca acabar”, comentó la mujer a su acompañante.

Las actividades continuaron en distintas zonas de Caracas, intentando mantener viva la presencia activa de militantes: los Comuneros fueron convocados el 7 de enero, marchando de Gato Negro a la Plaza O’Leary; los Jóvenes el día 8, cerca de la estación del metro de Plaza Venezuela; los Movimientos sociales, el viernes 9 desde Plaza Venezuela hasta la avenida Universidad. El 13 de enero fue el turno al sector transporte, con una ruta programada desde El Poliedro de Caracas hasta la avenida Bolívar. “Nosotros estamos aquí para defender nuestra Patria y para decirle a ese imperio que no podrá con nosotros y no pisarán más el suelo de Venezuela, porque aquí está el sector transporte para que lo vea el mundo entero a defender a Venezuela”, dijo el motorizado Juan Gaspar, según testimonio vertido en un portal del partido político del gobierno. Más concurridas estuvieron otras marchas como la realizada el 23 de enero que tuvo como punto de llegada El Calvario y las adyacencias de Miraflores.

Mientras en distintas zonas del país se replicaban concentraciones y movilizaciones menores, y los voceros del Gobierno enarbolaban la situación de paz que se vivía en el territorio como un logro de la revolución, en redes sociales circulaban versiones sobre otro tipo de presencia de organizaciones vinculadas al oficialismo en las calles. En forma reiterada se denunciaba el despliegue de colectivos motorizados, incluso montando alcabalas en avenidas, para revisar vehículos y el contenido de los celulares de los conductores.

Reclamos por la liberación de los presos

Las convocatorias oficialistas contrastaban con otro de tipo de acciones de calles más espontaneas. El detonante fue el anuncio hecho por el presidente de la Asamblea Nacional (AN), Jorge Rodríguez, el jueves 8, cuando prometió la liberación de un “número importante” de presos políticos venezolanos y extranjeros.

Familiares y allegados de las personas que se encontraban detenidas por ser acusadas de actuar contra el Gobierno, comenzaron a expresarse frente a las cárceles del país, contando, además, con el apoyo del movimiento estudiantil. Sin ningún llamado de organizaciones políticas, el resurgimiento de los reclamos y acciones de calle -que habían desaparecido del panorama nacional desde hacía más de un año-, buscaba que se concretara la promesa de las excarcelaciones.

Velas, pancartas y oraciones, eran acompañadas por otras acciones. El martes 13 de enero, la Federación de Centros Universitarios de la Universidad Central de Venezuela (FCU-UCV) anunció que sus instalaciones, ubicadas en las adyacencias de la Plaza del Rectorado, servirían como centro de acopio de insumos no perecederos, agua, medicamentos y productos básicos de higiene para los familiares que hacían pernoctan o vigilias frente a los distintos penales del territorio.

En Caracas y sus adyacencias, las protestas comenzaron a sentirse con más fuerza en el Centro de Control y Resguardo del Detenido de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) conocido como la Zona 7 de Boleíta; en El Rodeo I (Miranda) y El Helicoide (sede de El Sebin), en las cercanías de la avenida Victoria.

Según los dirigentes estudiantiles, el hostigamiento contra los manifestantes se incrementó, mientras, la cifra de liberaciones se producía a cuentagotas. Hasta el lunes 19 un total de 152 ciudadanos habían salido de distintas cárceles beneficiados con la medida, de acuerdo a cifras divulgadas por el Comité por la Libertad de los Luchadores Sociales.

El Gobierno aseguraba que se habían puesto en libertad alrededor de 406 ciudadanos.

El pico de excarcelaciones se habría registrado el 12 de enero (un total de 58 excarcelados).

El 26 de enero, Evelis Cano, madre del preso Jack Tantak Cano, se encadenó a una de las a una de las rejas de la fachada de la Zona 7. Decía estar desesperada. Este centro se había convertido en uno de los más emblemáticos.

Según el presidente de la FCU-UCV, Miguel Ángel Suárez, “en cada centro hay alrededor de 20 o 25 personas, pero pueden ser más (…) No está bien contabilizado y eso responde a que todos los días se suman personas. Por ejemplo, días atrás, una nueva familia que venía de Bolívar se sumó a Zona 7 y tenían a su familiar preso político en Yare. Pero fueron a la Zona 7 simplemente por darle la visibilidad al caso”, indicó a El Tiempo.

Suárez también encabezó un reclamo que meses -o años-, atrás habría parecido impensable. En una sorpresiva visita de la jefa de Estado encargada a las instalaciones de la UCV, el presidente de la FCU se le acercó para reclamar la existencia de “más de 200 jóvenes presos políticos en el país”. “Usted tiene que acabar con lo que están viviendo los familiares de los presos políticos”, señaló el dirigente.

Tres días después, el 30 de enero, Rodríguez volvía a sorprender pero ahora con el anuncio de una Ley de Amnistía General y la clausura de El Helicoide.

Para el 1 de febrero, la cifra oficial de excarcelaciones se había elevado a 344, aunque aún permanecían detenidos 687, de acuerdo al Foro Penal.

Un mes después de la salida de Maduro del poder, las calles del país siguen sumidas en la expectativa: del silencio inicial, hasta los reclamos de familiares y estudiante de los presos políticos, pasando por los intentos del oficialismo de recomponer su convocatoria a actos, la tensión sobre qué sería los siguiente que podría pasar, estaba latente en el aire. Y aún ni protestas, ni celebraciones masivas parecían estar a la vuelta de la esquina.

Caracas / Rodolfo Baptista

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