
Héctor Salas lleva cinco días con las manos desnudas, llenas de polvo gris y heridas pequeñas que ya ni siente. Camina alrededor y encima de la estructura donde residía, en el sector Caribe de La Guaira. Debajo de los escombros están su esposa y su hijo de cuatro años. No tiene una pala mecánica ni herramientas, solo la certeza de que el tiempo se agota.
“Necesitamos una o dos maquinarias más para que quiten las capas que hay encima, para sacar a nuestras familias. Tenemos cinco días ya. Queremos saber si nuestros familiares están vivos o muertos. Necesitamos ayuda”, suplica con una voz que mantiene la esperanza, pese al cansancio.
Su dolor se repite en cada esquina de las Obras Públicas Presidenciales (OPP), los complejos residenciales hechos en el marco de la Gran Misión Vivienda Venezuela que el doble terremoto transformó en cementerios de concreto.
Tras el estruendo inicial y los gritos desesperados de las primeras horas, La Guaira entró en una fase de silencio pesado que va de la mano con un balance nacional que asciende con el pasar de los días. Las cifras oficiales registran al menos 1.900 personas fallecidas, más de 10.000 heridos en hospitales y miles que aún siguen desaparecidos.

En la OPP 26 la indignación se mezcla con el luto. Una vecina del sector, que prefiere no dar su nombre por temor, mira con impotencia los edificios contiguos. “No tenemos ayuda de nada, ni de maquinaria ni de funcionarios. Lo que queremos es ayuda para poder sacar a nuestros familiares que están tapiados. No hemos podido sacar ni a uno”, relata.
A pocos metros, las brigadas internacionales de rescate de México, Estados Unidos, Chile y España trabajan en las estructuras más grandes. Usan tecnología para escuchar latidos o respiraciones entre las grietas. Sin embargo, en el corazón de la comunidad el panorama es rudimentario.
Falta lo básico y los vecinos se arriesgan a sufrir lesiones graves porque no tienen ni guantes para protegerse.
La distribución de los recursos técnicos abrió una brecha profunda entre los sobrevivientes. Estiven Merentes, bombero de Caracas y sobreviviente de la OPP 27, confirma que los equipos pesados nunca llegaron a tiempo a estos bloques.
“Fueron distribuidas mayormente por la zona de Caraballeda, mas no en las OPP, donde estaban muchos afectados que necesitaban ayuda. Me da tristeza decir esto, pero había demasiados funcionarios que lo que hacían era tomar fotos. Había personas gritando y hacían caso omiso. Eso da impotencia”, lamenta.
Al final, el peso de la emergencia cayó sobre los hombros de los mismos dolientes, quienes asumieron los rescates con lo que tenían a mano.

A la par de la escasez de equipos, la incertidumbre institucional empeora el panorama. En la OPP 22, Karilys Cabrera sigue junto a sus vecinos en un refugio improvisado sobre la acera. Levantaron carpas y acomodaron colchones a la intemperie para no perder de vista el lugar donde están atrapados sus allegados. Para ella, la falta de información de las autoridades locales es una constante que los obligó a actuar por su cuenta.
Al ver que las horas pasaban y el apoyo oficial no aparecía, un habitante del sector alquiló una excavadora con su propio dinero. “Desde ayer domingo estaba trabajando con nosotros, y hoy lunes trajeron una del Gobierno que está por el lado de atrás”, asegura Cabrera.
El esfuerzo comunitario permitió entrar a las primeras áreas de las torres, pero el volumen de los escombros detuvo cualquier avance hacia algunas áreas de los apartamentos.
El desabastecimiento también pasa factura en los puntos de operaciones comunitarias. “Los primeros días estaba llegando mucha agua, alimentos para las personas que estaban trabajando, pero desde hace dos días que no está llegando esa ayuda”, señala Cabrera.
En los centros de acopio locales piden tapabocas, guantes de carnaza e hidratación para los voluntarios que trabajan en las estructuras retiradas de las vías principales, donde las jornadas sin descanso bajo el sol de la costa provocan descompensaciones físicas.
En medio del caos, la vulnerabilidad se manifiesta en relatos de robos. Uno de los vecinos cuenta cómo el desamparo se extendió incluso a las pertenencias personales en pleno desastre. “Yo me metí a un hueco para ver si encontraba a mi familia. Dejé afuera mi celular con el de otro vecino con el que me metí. Cuando salimos, no estaban ni los teléfonos ni los funcionarios que se quedaron cuidando”.
El desastre actual reabrió las heridas históricas del estado Vargas. El panorama en Caribe, Tanaguarenas y Los Cocos, con torres enteras derribadas o fracturadas de forma irreversible, trajo de vuelta las advertencias que se ignoraron desde la tragedia de 1999.
En aquel momento, los deslaves demostraron el peligro de construir viviendas en la estrecha franja entre la montaña y el mar. Eso llevó a geólogos y urbanistas a sostener que estas zonas costeras no debían volver a poblarse.
“Todavía no sé a dónde vamos. Pero lo que soy yo, no quiero volver para acá. Esos edificios eran una galleta, quedó todo destruido. La Guaira quedó destruida”, sentencia una mujer desde el campo de golf de Caribe, un espacio que pasó de zona recreativa a refugio temporal para cientos de personas que lo perdieron todo.
Allí se concentran los operativos de asistencia médica, áreas de dotación de alimentos, puntos de conexión a internet que colapsan por la cantidad de personas y guía por las autoridades que intentan mantener el orden. El lugar también recibe a quienes llegan con sus mascotas. En caso de requerir atención veterinaria, o intervenciones quirúrgicas, son enviados a puntos de Misión Nevado cercanas.
No obstante, otras personas no contaron con tanta suerte y no se les permitió llevar a sus mascotas a los refugios. “Ese perrito es de un señor que se llevaron a un refugio. No lo dejaron llevarse a su perrito. Por eso es que lo ves así”, comenta una mujer, mientras señala a un perro que camina solo, con la cabeza gacha, lejos de las manos de los extraños.
A medida que las posibilidades de rescatar personas con vida se desvanecen, el objetivo de los vecinos gira hacia la recuperación de los cuerpos para darles una sepultura digna.
La búsqueda de certezas se trasladó a los muros de la calle. En una pared del sector Caribe, una lista manuscrita con nombres de posibles sobrevivientes se convirtió en el punto de encuentro de personas que pasan y buscan con esperanza encontrar nombres. Nadie sabe quién la colgó, pero a su alrededor se acumulan decenas de fotografías de rostros desaparecidos.
La misma dinámica se repite en cadenas de WhatsApp, donde las familias esperan un mensaje que confirme que alguien vio a los suyos en algún hospital.
Para complicar el panorama, la tierra en el litoral central no se queda quieta. La mañana de este lunes 29 de junio, una réplica de magnitud 5.1 con epicentro en la propia zona costera sacudió de nuevo las estructuras debilitadas, abrió nuevas grietas y provocó desprendimientos de tierra en las laderas.
“Esta mañana eso se inclinó un poco más y cayeron escombros. Por suerte nadie estaba ahí en el momento”, relata un rescatista voluntario.
Con la mirada fija en la silueta inclinada de una de las torres de la OPP, observa cómo los restos de concreto ceden sobre el espacio donde, hasta hace menos de una semana, existía un hogar.
Catia La Mar / Tal Cual


